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domingo, febrero 05, 2006

LA FUENTE DE LOS PÁJAROS

Para mi hermano Victoriano
Por ser la persona que más disfrutará de esta lectura (Espero)

(c) Luz

Cuando voy a Pardilla, siempre quieres que te cuente cómo me ha ido y qué es lo que he hecho. Esta vez te lo voy a escribir

Mariano y yo salimos de Madrid alrededor de las once y cogimos la utopista, pues ya sabes que desde nuestra casa nos lleva directa al pueblo, por eso, antes de las doce y media ya estábamos cogiendo el desvío que nos lleva a Pardilla. Tuve una idea y decidí que me apetecía ver Riofresno. Bajamos por el camino de siempre y llegamos hasta los álamos de la Fuente de los Pájaros.

Una vez en tierra firme comencé a sumergirme en las piedras, el agua y los juncos del arroyo. Lo crucé. Mariposas azules jugueteaban al otro lado y al ras del suelo. Se unían al revoloteo dos amarillas y tres verdes.

Anduve por el camino de hierba algo seca, flanqueado por los árboles que siempre dices son nuestros. Nunca consigo llegar a la tierra, pues se extiende la maleza y me lo impide.

No continué el camino porque me acerqué para adivinar entre la hierba abandonada, el manantial del agua cristalina. A Mariano también le gusta buscarlo, por eso encontramos dos. La eterna agua estancada, hace crecer la rebaba y vivir a las ranas que croaban de vez en cuando.

Al arroyo le han puesto un pequeño pasadizo con maderas y sus aguas repiten una canción monótona y agradable.

Mientras sentíamos la frescura de la sombra en el verano, oímos el canto de cinco pájaros distintos y el suave rumor del viento en los álamos.

Los guijarros, a los que llamábamos tangos y que escogía cuando era niña, para guardarlos en un lugar secreto, miraban empapados de sol, la intensidad del cielo azul.

Pero era el silencio por la ausencia de ruidos distorsionantes, lo que me hacía comprender que todo estaba allí, como entonces, cuando tú joven y yo niña, veníamos con padre y madre, cuando no nos faltaba ninguno, porque los hermanos, aunque lejos siempre estaban presentes, y entonces todo este paisaje se nos quedaba dentro para no volverlo a olvidar.

Recuerdo que una vez, cuando tenía trece años, posiblemente en otra mañana de julio, similar a la que te estoy relatando, me prometí a mi misma que nunca olvidaría este camino y su cielo azul. Siempre lo he recordado. Quizás por eso haya vuelto y porque siempre se vuelve a los lugares donde fuimos felices.

Allí en nuestro Riofresno de siempre recordé tus palabras de hace unos días: El campo de mi pueblo me gusta más Y a mi también, hermano, y a mi también.


LUZ DEL OLMO