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miércoles, enero 30, 2013

MIS PASEOS POR MADRID:RECUERDO A LOS PERSONAJES DE LA BUSCA EN EL RASTRO.



Hace unos domingos,  decidimos visitar el Rastro. La mañana estaba fría , pero despejada.   

Aparcamos cerca de la calle Embajadores y subimos hasta llegar a la Glorienta del mismo nombre 


Antes de cruzar la plaza,  a mi izquierda, se  extiende El Paseo de las Acacias.



Recordé cómo  a finales de los años 60 del siglo ya pasado, yo acudía a la Escuela Normal de Magisterio que hay en la calle Toledo. Hoy ya no existe esta escuela como tal.  También recordé a los personajes de la novela que estamos leyendo  de Pío Baroja, La Busca, que el autor los sitúa por este barrio a  principios del siglo XX. En esta calle Toledo comienzan ya los puestos. Creímos ver menos que otras veces ¿ Les habrá afectado también la crisis?



Dejamos la Ribera de Curtidores que  sube hasta la Plaza de Cascorro  y seguimos andando hasta llegar a


la Plaza de la Protección de la Infancia. Inevitable recordar al protagonista Manuel. El nombre lo dice todo. La estatua y  el intercambio y venta de cromos saltaba a la vista.


Me aparté un poco de la trayectoria del Rastro y subí hasta la Puerta de Toledo. y la Glorieta del mismo nombre.
Allá a lo lejos, por el Paseo de Los Olmos, imaginé el Barrio de las Injurias a Vidal, El Bizco y Manuel andorreando en otro tiempo por aquí. Hoy, como bien dice Pancho, estaría en  parte de lo que ocupa La Cañada Real o El Gallinero  como también se le llama. En lo años 70 y 80, hubo muchas Injurias en Madrid. Pudo estar ubidado este barrio en  el poblado de La Celsa, cerca de Vallecas, sin olvidar Las  Barranquillas y  alguno más. Como viví durante mucho tiempo en Vicálvaro, recuerdo que existía, no muy lejos de este barrio de la zona este de Madrid, pero más hacia el interior y  cerca del Cementerio de la Almudena,  unas Injurias que nosotros llamábamos “Guarrerias Preciados”.  Después vinieron las constructoras e hicieron un flamante Barrio de Bilbao.



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Dejando esta disgresión en el paseo, volví  para transitar con mi acompañante  por las calles  llenas de gente  variopinta haciendo juego con los puestos  que se extienden  a lo largo y ancho de este lugar especial que es el Rastro en un domigo por la mañana en Madrid. 


Transitamos por la Calle Mira el Sol en busca de una Corrala  y de este modo llegamos a la calle Tribulete, ya en el  barrio de Lavapies. 

Entre la calle Sombrerete y Mesón de Parede se encuentra una de las muchas Corralas que hay en la capital de España.



Entonces imaginé el “crimen pasional” del violento y maltratador  Leandro en  su ex -novia Milagros. Ahora ya sabemos que la asesinada es una víctima, lo llamamos violencia contra las mujeres, violencia machista,  violencia de género... al menos hemos cambiado el nombre, pero  hace pocos días, ocurrió otro de estos crímenes, en  el barrio de Tetuan  y es que a lo largo de cien años, todo cambia  o parece que cambia , pero algunos problemas los seguimos sin resolver. 

P.D. 
Esta es una entrada que surgió como estela de la anteriormente publicada por Mari Ángeles, nuestra Abejita.

Perdón por el azul de la máquina.  Como soy negada para esto de la técnica, no entiendo que botón he dado para que las fotos tengan el color del cielo en un día despejado.





miércoles, enero 23, 2013

LO QUE ESCRIBE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA SOBRE PÍO BAROJA





Los domingos por la mañana  en Madrid  es muy agradable darse una vuelta por El Rastro. Un apasionado de este mercado callejero donde se puede encontrar de todo, fue Ramón Gómez de la Serna,  del que este año y este mes se cumplen los 50 años de su muerte en Buenos Aires. En la casa familiar de la calle de la Puebla, recién venido de la capital francesa, instala su primer estudio como escritor y lo va llenando de cachivaches de distintas procedencias y en especial de este Rastro de Madrid. Es tanta su pasión que una de sus obras lleva este mismo título. Esta obra fue publicada por primera vez en 1914, en pleno estallido de las Vanguardias.

En esta primera edición el autor de Las Greguerías escribe  un capítulo sobre PÍO BAROJA que en la segunda edición elimina .

Es un poco largo el texto pero como he intentado buscarlo por Internet y no lo he encontrado completo. He sacado de la biblioteca un ejemplar de El Rastro, de la editorial  Espasa  Calpe en la  colección Austral, de Luis López Molina y del año 1998 y lo voy a dejar copiado aquí para que los amigos y amigas del club de lectura La Acequia, si os apetece lo podáis leer. Es la opinión que  este  autor, renovador del lenguaje,  tiene  del autor de La Busca.

                                          PÍO BAROJA

Para completar la sensación del momento extremo necesitamos ver a  otro hombre, a Pío Baroja. Hay en él también la suficiente reserva de sí mismo, la suficiente figura para que después de todo el rigor crítico del Rastro pueda levantarse sobre él. Lo individualista de la raza hace que cuando un escritor como Baroja cultiva en el público su dignidad, su entereza personal, el público responda seriamente, permaneciendo alejado y próximo a él, permitiendo estos dos o tres casos de hombres que llegan a su madurez sin perjuicio de sí mismos, sin ser corrompidos por el público, que secretamente se venga, con una venganza superior a su instinto, en sus excesivas y sucias aclamaciones. Salvar de un modo palmario y ejemplar esa economía personal que es lo único real de los hombres es la gran suerte, el gran triunfo de un escritor.

Manos fundamental que Azorín, menos refinado, menos penetrado de todo, menos lleno de ternura, más encarnizado, Baroja no sintetiza el mundo en una tragedia interior, suspensa, serena, como Azorín. La tragedia que él muestra es más exterior, más indómita, más descompuesta, menos substanciada en él, aunque su buena voluntada, su genial buena voluntad, su gran aproximación a  la verdad neutral y negligente de las cosas, le hace el segundo contemporáneo.

Baroja impresiona más que convence en este ambiente, porque en él se aprecia sobre todo la recrudecida criatura que es, incrédulo, indeciso, crédulo, decidido, luchando consigo mismo, arrastrado por sus pensamientos-entre los que hay primeros pensamientos al lado de últimos pensamientos-, sorprendido por sus hallazgos, asombrado por sus palabras, amigo de dejarse llevar por la mano del azar en excursiones de las que vuelve con verdaderas sorpresas y cosas anodinas, necesitado deque algo se ablande en él, necesitado de una ironía más suave, menos dura, menos ensañada, que se dejase crecer más a sí misma, pobre necesitado, estupendo necesitado cuyas necesidades de ven todo lo francamente, todo lo altivamente que en los pobres que van medio desnudos, un poco indispuesto consigo mismo, aunque se ve que al fin y al cabo todo le sale por una friolera-decisivo “al fin y al cabo” que sedimenta el alma-,doble actitud en él, pues, si a veces se le ve divertirse  con un estrambote y llegar a la catástrofe  con impasibilidad, exagera esto a veces tanto que se ven pasar por él hondos temores de beata, desconfianzas de palurdo, vagas y arredradoras ideas de deber, temblores un poco pueriles que, aunque contradice en seguida, aunque se resiste voluntariamente a su miedo hablando alto, respondiéndose a voz en grito como el que canta para matar el pavor de los caminos de la noche, dan estas cosas a su temperatura esa de destemplanza que se nota en su obra, ese contraste tan humano que en él es asombrosa y admirable flaqueza por lo franca, por lo extraordinaria que es en medio de todo.

Este Pío Baroja tan infraganti, cuyo nombre sobresalta por lo certero que es en su disparo, por lo metido en sí que se muestra, por lo redondo y decisivo, por lo parapetado en sus dos ojos, en sus dos O O llenas de gravedad, de observación y de individualidad, este Pío Baroja que está  desastradamente bien, es indudable que pasa por aquí frente a nosotros.

Cargado de espaldas como si un centenar  de sus libros les pesase en ellas, como un hombre de mar que no sabe andar bien por tierra, con una profunda elegancia de insubordinado, bajo la cuesta refrenándose. Parece un buen hombre que va a comprar una herramienta o que busca  una mesa. Su sombrero tiene el color del tiempo, nunca parece nuevo, parece proceder de un baratillo de estos y le está pequeño, quizás porque  no había más que ese en el puesto de cosas viejas, quizá porque así lo eligió expresamente, pues, vascongado, le gustan los sombreros chicos como a sus paisanos las boinas indefectiblemente chicas. Baroja no cede a la calma ambiente de este barranco, guarda sus ojos bajo sus cejas, abate sus ojos bajo sus cejas, hay en su fisonomía como en su espíritu ese dramático contraste peculiar que luce lo claro, lo infantil, lo ingenuo, lo voluntarioso bajo una inflexibilidad paternal pero tiránica (una mirada de un azul aldeano y un negro avieso, desconfiado, implacable en el fondo de esa misma mirada) ¿ Por qué se penitenciará tanto Baroja, por qué siendo tan absurdo y tan liberal tendrá esa castidad fiera que considera enemigo el concepto tenue, blando, absurdo, voluptuoso y dichoso de la vida? ¿Por qué siendo íntimamente arbitrario, no recoge el fruto íntimo, sazonado indivisible  de la arbitrariedad habiéndolo merecido  tanto? ¿Por qué es a la vez que el rebelde alegre con ese regocijo ingenuo, infantil, sin mujer, de los rebeldes, el que expulsa al rebelde de los sitios de orden, resultando así un poco el expulsado de sí mismo? ¿Por qué esa crueldad al lado de su inimitable bondad? ¿Por qué ese platonismo que arroja a los poetas de la república?

Baroja mira las cosas, caídas o en candelero, a lo largo de la feria, con verdadera inteligencia, con una mirada nobilísima y transitoria, aunque se nota en él una preocupación grave e indebida, una preocupación por intrigas falsas, obcecadas y superfluas, un defecto enconado de abstracción, algunas  huellas de supersticiones. Él ha empleado las cosas en sus obras con esa fijeza, con esa atención, con esa consideración que merecen. Ha visto la existencia aparte de ellas, ha visto lo libertarias que son, las ha humanado. En toda su obra las cosas tienen este desportillamiento, esta rareza, esta ingencia, este abandono en un campo árido, en un paisaje de las afueras, de las cosas de aquí. Como éstas, han recabado su independencia, su vagorosa impasibilidad, base eterna y mortal idéntica  a las bases de  todo. Las cosas en Baroja esa gravedad insólita que en los cuadros de Holbein o, más que en los de Holbein, en los de Durero, tienen ese mismo amontonamiento de geometrías aparatosas en un espacio reducido y triste, esas cosas historiadas, secretas,  con algo de ídolos que han herido su atención como la atención de un niño. Hasta brotan muchas veces las novelas de Baroja  de un ambiente de cosas que él forma ante todo como emulación de la novela.

Baroja no solamente mira las cosas, sino que las resuelve, busca en los cajones oscuros, anda con cuidado en el fondo de los puestos, donde se amontonan y se imponen las cosas como quien busca cangrejos, porque en esos pedregales revueltos la cosa que se busca se oculta como un cangrejo, se sotera bajo las cosas menos interesantes que nos dan la cara en primer término. Baroja pone una gran avidez en esta rebusca, porque aquí indudablemente encontró algunas de sus novelas, entre todas Las inquietudes de Shanti Andía  y las Memorias de un conspirador.  Se para ante los manuscritos, esos manuscritos con la primera página rota de través y todas las puntas rizadas, que ni siquiera figuran entre los libros y tienen un puesto de orden entre las cosas, y recoge del suelo esos papelitos escritos que por apatía, por cortedad de genio no recogemos todos. Ante las máquinas, ante estos artilugios incomprensibles, que abundan en el Rastro, es ante lo que más medita  y recapacita Baroja, buscándoles el sentido que quizá no tienen, practicando así esas ideas de una diabólica mecánica  absurda, arbitraria y primitiva que hay en él, de antiguo, de pequeño.

Frente a Baroja el último sentimiento que se experimenta es otra vez  el primero, es el de esperar que un día, puesto que  en él hay todos los elementos para que eso se realice, aprenda en esta suave paz del Rastro la decadencia – la perfección de su última decadencia será el ideal final, el final del mundo- que le conviene,  goce de ver llegar a sus libros a la desfloración mortal y dulce, deshojándose, desgranándose, ya que lo más culminante que debe haber en los libros, lo que les salva de su error social, es una facultad de desfallecer, de ceder, de llegar la hora fácil, silenciosa, máxima, a la sensualidad que muere  en un acto verdaderamente libre. En Baroja el libro, el pensamiento es demasiado acerbo, está demasiado sobrecogido, no se decide al goce decadente y expansivo, siendo como es él, tan libre, tan sensato, tan bondadoso, tan lleno de corduras conmovedoras. Se ve que sólo necesita sincerar consigo mismo a la gran inmoralidad de su alma, la inmoralidad que ve, que aviva, que cultiva, pero a la que es reacio en último término. Sin embargo aunque se niegue a arrostrar la última y disolvente consecuencia de su modo de ser, es lo suficientemente decente que le veamos como compañía y ejemplo en la soledad absoluta que se siente aquí.

lunes, enero 21, 2013

NUBES DE TORMENTA EN MADRID

                                         (c) Luz

Nubes de tormentea se dirigen a Madrid, en concreto a la calle Génova, sede del PP.

miércoles, enero 09, 2013

LOS CUADROS DE RICARDO BAROJA



                                               
                         Dibujo de Ricardo Baroja para   La Busca
                              http://www.spanisharts.com/books/literature/ampliaciones/barbusd1.htm 
 
Jorge Luis Borges en su cuento “El sueño de Coleridge”, incluido en su libro “Otras inquisiciones”,   juega con los lectores,  como es su costumbre y  entre  la realidad y  ficción, nos relata  cómo  el poeta inglés escribe su mejor poema Kubla-Khan después de un sueño  donde se le manifiestan las palabras del mismo.  Pone también otros ejemplos como el de compositor Guiuseppe Tartini o su admirado escritor Robert Luis Stevenson. Sigue jugando y escribe:

Un emperador mogol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme  a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés  que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio…… y así continua confundiéndonos y equivocándonos.

Cuando era más joven que ahora,  yo también tuve un sueño de  esos que recuerdas muy bien al despertar y que  por su extrañeza se quedan contigo en el tiempo.

Soñé con un cuadro muy luminoso. En un  cielo azul con praderas y montañas verdes,  se divisaba una aldeita con casas  e iglesia blancas  de tejados  rojos.  Era su colorido lo que me llamaba la atención. Estaba firmado por  Ricardo Baroja. Aunque conocía a  Pío Baroja,  no sabía que Ricardo fuera su hermano y además pintor.  Intenté buscar los cuadros del hermano del escritor, pero no encontré nada. Hay que tener en cuenta que entonces no  existía Internet.

Después lo olvidé y un día paseando por el centro de Madrid, me topé con una galería donde anunciaban una exposición de Ricardo Baroja. Por supuesto entré y busqué mi cuadro soñado. No sólo no estaba, si no que los cuadros de D. Ricardo eran  oscuros y retrataban personajes y ambientes  de los años  sombríos  en que vivieron Los Barojas  e incluso pregunté a la persona que estaba en la galería, por el cuadro de mis sueños y me dijo que la pintura de Ricardo Baroja nada tenía que ver con lo que yo le estaba describiendo. Me desilusioné  y creo escribí algo a este respecto.

Hoy leo en La Busca en sus páginas 18 y 19 de mi libro ...A derecha e izquierda de la puerta de la casa corría el pasillo, de cuyas paredes colgaban otra porción de lienzos negros, la mayoría sin marco, en los cuales no se veía absolutamente nada, y sólo en uno se adivinaba, después de fijarse mucho, un gallo rojizo picoteando en las hojas de una verde col.  Entonces me surge una pregunta ¿Está haciendo referencia  D. Pío a los cuadros que pintaba por entonces su hermano?  Yo quiero creer que sí,  aunque por supuesto es sólo una hipótesis de la que sólo poseo el enunciado que yo misma formulo.

Unas cuantas páginas,  más adelante-109-  Pío Baroja nos presenta a Perico Rebollo:  Sentía Perico gran entusiasmo por las paredes blancas, y  allí donde encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombre, mujeres, caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la lucha de los hombre flacos con los hombres gordos y otros pasos igualmente divertidos.  Después nos habla del tríptico que hace este Perico Rebollo “Don Tancredo ba a los toros” “Don Tancredo en un pedestal” “ El toro uye”  donde la ironía de D. Pío queda muy patente . Sigo preguntándome ¿ Se está acordando el novelista de su hermano Ricardo? Hay que tener en cuenta que estos dibujos y su temática,  no le eran ajenos a su hermano Ricardo, ya que también además de escritor  y pintor fue un excelente grabador.

La realidad existe y aunque sea muy cruda, como pasa en este libro que ahora estamos leyendo de La Busca, siempre queda deformada por nuestra imaginación y su juego de palabras para representar los hechos. Como en los sueños.

Luz del Olmo 

martes, enero 08, 2013

YO LES HE VISTO Y LES HE SENTIDO










Algunos les he dado clase y eran los que más me gustaba enseñar a la vez que yo también aprendía. A  otras las he visto actuar en obras de teatro y he sentido como todo el auditorio se llenaba de júbilo y gozo. 

Me he quedado asombrada  al  comprobar cómo  eran capaces de desmontar toda la gravedad  y armonía  que poseen los componentes  de  una orquesta muy seria de música clásica y ahora este mes de diciembre, he tenido la fortuna de  pararme a mirar y admirar los trabajos manuales y sus pinturas, en el Centro de Exposiciones de Velilla de San Antonio, porque yo les he visto  y les he sentido a ellas, las personas con discapacidad intelectual  y siempre que les tengo muy cerca, reconozco que tienen algo especial en  su forma de transmitirnos lo que viven, lo que sienten  porque están muy y mucho capacitados para expresarnos todo ese mundo emocional de inocencia,  ternura y cariño que en nosotros, los capacitados,   vamos perdiendo a medida que nos sumergimos  en un mundo cada vez más frío y racional.

Ellos y ellas están aquí para recordarnos  que lo más importante son los sentimientos.  Tendremos que aprender de su gran capacidad  para transmitírnoslo.

Luz del Olmo

( Las fotos me las ha envíado Carmen Muñoz, la persona que lleva dirigiendo estos talleres durante varios años)
  

jueves, enero 03, 2013

D. PÍO BAROJA EN MADRID


Hoy, tres de enero, la línea 6 de metro de Madrid, ha interrumpido su servicio "por causas técnicas",entre las estaciones  de Sainz de Baranda y Pacífico, por eso, Mª Ángeles ( Abejita) no ha podido hacerse una foto con D. Pío Baroja, pero yo si me he acercado hasta el empiece de la Cuesta de Moyano (donde están los libros)  y fotografiar  su estatua situada muy cerca de Parque del Retiro, por donde se  veía con frecuencia, al autor de La Busca,  pasear con su boina y su bufanda a este prolífero y cascarrabias escritor, según cuentan algunas crónicas. 

Mª Ángeles volaba en AVE hasta Málaga  y yo disfrutaba  de los pasos de D. Pío en una apacible tarde de invierno.