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miércoles, enero 23, 2013

LO QUE ESCRIBE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA SOBRE PÍO BAROJA





Los domingos por la mañana  en Madrid  es muy agradable darse una vuelta por El Rastro. Un apasionado de este mercado callejero donde se puede encontrar de todo, fue Ramón Gómez de la Serna,  del que este año y este mes se cumplen los 50 años de su muerte en Buenos Aires. En la casa familiar de la calle de la Puebla, recién venido de la capital francesa, instala su primer estudio como escritor y lo va llenando de cachivaches de distintas procedencias y en especial de este Rastro de Madrid. Es tanta su pasión que una de sus obras lleva este mismo título. Esta obra fue publicada por primera vez en 1914, en pleno estallido de las Vanguardias.

En esta primera edición el autor de Las Greguerías escribe  un capítulo sobre PÍO BAROJA que en la segunda edición elimina .

Es un poco largo el texto pero como he intentado buscarlo por Internet y no lo he encontrado completo. He sacado de la biblioteca un ejemplar de El Rastro, de la editorial  Espasa  Calpe en la  colección Austral, de Luis López Molina y del año 1998 y lo voy a dejar copiado aquí para que los amigos y amigas del club de lectura La Acequia, si os apetece lo podáis leer. Es la opinión que  este  autor, renovador del lenguaje,  tiene  del autor de La Busca.

                                          PÍO BAROJA

Para completar la sensación del momento extremo necesitamos ver a  otro hombre, a Pío Baroja. Hay en él también la suficiente reserva de sí mismo, la suficiente figura para que después de todo el rigor crítico del Rastro pueda levantarse sobre él. Lo individualista de la raza hace que cuando un escritor como Baroja cultiva en el público su dignidad, su entereza personal, el público responda seriamente, permaneciendo alejado y próximo a él, permitiendo estos dos o tres casos de hombres que llegan a su madurez sin perjuicio de sí mismos, sin ser corrompidos por el público, que secretamente se venga, con una venganza superior a su instinto, en sus excesivas y sucias aclamaciones. Salvar de un modo palmario y ejemplar esa economía personal que es lo único real de los hombres es la gran suerte, el gran triunfo de un escritor.

Manos fundamental que Azorín, menos refinado, menos penetrado de todo, menos lleno de ternura, más encarnizado, Baroja no sintetiza el mundo en una tragedia interior, suspensa, serena, como Azorín. La tragedia que él muestra es más exterior, más indómita, más descompuesta, menos substanciada en él, aunque su buena voluntada, su genial buena voluntad, su gran aproximación a  la verdad neutral y negligente de las cosas, le hace el segundo contemporáneo.

Baroja impresiona más que convence en este ambiente, porque en él se aprecia sobre todo la recrudecida criatura que es, incrédulo, indeciso, crédulo, decidido, luchando consigo mismo, arrastrado por sus pensamientos-entre los que hay primeros pensamientos al lado de últimos pensamientos-, sorprendido por sus hallazgos, asombrado por sus palabras, amigo de dejarse llevar por la mano del azar en excursiones de las que vuelve con verdaderas sorpresas y cosas anodinas, necesitado deque algo se ablande en él, necesitado de una ironía más suave, menos dura, menos ensañada, que se dejase crecer más a sí misma, pobre necesitado, estupendo necesitado cuyas necesidades de ven todo lo francamente, todo lo altivamente que en los pobres que van medio desnudos, un poco indispuesto consigo mismo, aunque se ve que al fin y al cabo todo le sale por una friolera-decisivo “al fin y al cabo” que sedimenta el alma-,doble actitud en él, pues, si a veces se le ve divertirse  con un estrambote y llegar a la catástrofe  con impasibilidad, exagera esto a veces tanto que se ven pasar por él hondos temores de beata, desconfianzas de palurdo, vagas y arredradoras ideas de deber, temblores un poco pueriles que, aunque contradice en seguida, aunque se resiste voluntariamente a su miedo hablando alto, respondiéndose a voz en grito como el que canta para matar el pavor de los caminos de la noche, dan estas cosas a su temperatura esa de destemplanza que se nota en su obra, ese contraste tan humano que en él es asombrosa y admirable flaqueza por lo franca, por lo extraordinaria que es en medio de todo.

Este Pío Baroja tan infraganti, cuyo nombre sobresalta por lo certero que es en su disparo, por lo metido en sí que se muestra, por lo redondo y decisivo, por lo parapetado en sus dos ojos, en sus dos O O llenas de gravedad, de observación y de individualidad, este Pío Baroja que está  desastradamente bien, es indudable que pasa por aquí frente a nosotros.

Cargado de espaldas como si un centenar  de sus libros les pesase en ellas, como un hombre de mar que no sabe andar bien por tierra, con una profunda elegancia de insubordinado, bajo la cuesta refrenándose. Parece un buen hombre que va a comprar una herramienta o que busca  una mesa. Su sombrero tiene el color del tiempo, nunca parece nuevo, parece proceder de un baratillo de estos y le está pequeño, quizás porque  no había más que ese en el puesto de cosas viejas, quizá porque así lo eligió expresamente, pues, vascongado, le gustan los sombreros chicos como a sus paisanos las boinas indefectiblemente chicas. Baroja no cede a la calma ambiente de este barranco, guarda sus ojos bajo sus cejas, abate sus ojos bajo sus cejas, hay en su fisonomía como en su espíritu ese dramático contraste peculiar que luce lo claro, lo infantil, lo ingenuo, lo voluntarioso bajo una inflexibilidad paternal pero tiránica (una mirada de un azul aldeano y un negro avieso, desconfiado, implacable en el fondo de esa misma mirada) ¿ Por qué se penitenciará tanto Baroja, por qué siendo tan absurdo y tan liberal tendrá esa castidad fiera que considera enemigo el concepto tenue, blando, absurdo, voluptuoso y dichoso de la vida? ¿Por qué siendo íntimamente arbitrario, no recoge el fruto íntimo, sazonado indivisible  de la arbitrariedad habiéndolo merecido  tanto? ¿Por qué es a la vez que el rebelde alegre con ese regocijo ingenuo, infantil, sin mujer, de los rebeldes, el que expulsa al rebelde de los sitios de orden, resultando así un poco el expulsado de sí mismo? ¿Por qué esa crueldad al lado de su inimitable bondad? ¿Por qué ese platonismo que arroja a los poetas de la república?

Baroja mira las cosas, caídas o en candelero, a lo largo de la feria, con verdadera inteligencia, con una mirada nobilísima y transitoria, aunque se nota en él una preocupación grave e indebida, una preocupación por intrigas falsas, obcecadas y superfluas, un defecto enconado de abstracción, algunas  huellas de supersticiones. Él ha empleado las cosas en sus obras con esa fijeza, con esa atención, con esa consideración que merecen. Ha visto la existencia aparte de ellas, ha visto lo libertarias que son, las ha humanado. En toda su obra las cosas tienen este desportillamiento, esta rareza, esta ingencia, este abandono en un campo árido, en un paisaje de las afueras, de las cosas de aquí. Como éstas, han recabado su independencia, su vagorosa impasibilidad, base eterna y mortal idéntica  a las bases de  todo. Las cosas en Baroja esa gravedad insólita que en los cuadros de Holbein o, más que en los de Holbein, en los de Durero, tienen ese mismo amontonamiento de geometrías aparatosas en un espacio reducido y triste, esas cosas historiadas, secretas,  con algo de ídolos que han herido su atención como la atención de un niño. Hasta brotan muchas veces las novelas de Baroja  de un ambiente de cosas que él forma ante todo como emulación de la novela.

Baroja no solamente mira las cosas, sino que las resuelve, busca en los cajones oscuros, anda con cuidado en el fondo de los puestos, donde se amontonan y se imponen las cosas como quien busca cangrejos, porque en esos pedregales revueltos la cosa que se busca se oculta como un cangrejo, se sotera bajo las cosas menos interesantes que nos dan la cara en primer término. Baroja pone una gran avidez en esta rebusca, porque aquí indudablemente encontró algunas de sus novelas, entre todas Las inquietudes de Shanti Andía  y las Memorias de un conspirador.  Se para ante los manuscritos, esos manuscritos con la primera página rota de través y todas las puntas rizadas, que ni siquiera figuran entre los libros y tienen un puesto de orden entre las cosas, y recoge del suelo esos papelitos escritos que por apatía, por cortedad de genio no recogemos todos. Ante las máquinas, ante estos artilugios incomprensibles, que abundan en el Rastro, es ante lo que más medita  y recapacita Baroja, buscándoles el sentido que quizá no tienen, practicando así esas ideas de una diabólica mecánica  absurda, arbitraria y primitiva que hay en él, de antiguo, de pequeño.

Frente a Baroja el último sentimiento que se experimenta es otra vez  el primero, es el de esperar que un día, puesto que  en él hay todos los elementos para que eso se realice, aprenda en esta suave paz del Rastro la decadencia – la perfección de su última decadencia será el ideal final, el final del mundo- que le conviene,  goce de ver llegar a sus libros a la desfloración mortal y dulce, deshojándose, desgranándose, ya que lo más culminante que debe haber en los libros, lo que les salva de su error social, es una facultad de desfallecer, de ceder, de llegar la hora fácil, silenciosa, máxima, a la sensualidad que muere  en un acto verdaderamente libre. En Baroja el libro, el pensamiento es demasiado acerbo, está demasiado sobrecogido, no se decide al goce decadente y expansivo, siendo como es él, tan libre, tan sensato, tan bondadoso, tan lleno de corduras conmovedoras. Se ve que sólo necesita sincerar consigo mismo a la gran inmoralidad de su alma, la inmoralidad que ve, que aviva, que cultiva, pero a la que es reacio en último término. Sin embargo aunque se niegue a arrostrar la última y disolvente consecuencia de su modo de ser, es lo suficientemente decente que le veamos como compañía y ejemplo en la soledad absoluta que se siente aquí.

12 comentarios:

Gelu dijo...

Buenas noches, Luz:

Muchas gracias por copiar el texto. Me gustaría saber por qué R. Gómez de la Serna no volvió a incluirlo. No estoy de acuerdo en todo, aunque sea un escrito brillante.
Señalo, como acertadas:
“Cargado de espaldas como si un centenar de sus libros les pesase en ellas...”
“Baroja no solamente mira las cosas, sino que las resuelve...”

Abrazos.

P.D.: He visto la entrada de pancho, y el dibujo que Ricardo Baroja hizo de su hermano confirma la primera de las frases de R.Gómez de la Serna.

Ele Bergón dijo...

Muchas gracias Gelu por leerte el texto que sé es largo.

La no inclusión de este texto junto con otros dos: "Las cosas del Señor Andreu" y Azorín", además de una serie de cambios que si te interesa te lo paso por e-mail, la explica así la edición del libro que yo tengo en su Intruducción. Te lo copio:

Ramón estuvo acertado al suprimir los tres capítulos mencionados en II, 5. Las cosas del señor Andreu desentonaba por su autobiografísmo demasiado directo (con presencia del autor niño y de su padre) y por constituir un brusco salto atrás en el tiempo, cuando todo en la obra transcurre en presente. Azorín y Baroja, al ser semblanzas de personas verdaderas, quedaban también fuera de lugar, a pesar de que Ramón tuvo cuidado de tender puentes entre ellos y el Rastro: en la obra de Baroja las cosas no han renunciado a su independencia; Azorín no ha renunciado al amontonamiento, en apariencia trivial, de las cosas sobre todo de las menudas, y ha hecho suya la "arenisca del tiempo"-nótese el hallazago expresivo- que todos malgastan pero que constituye el ser auténtico del Rastro........

De todas formas creo que nuestro profe Pedro, o algunos de nuestros amigos del grupo de la Acequia, lo sepan mejor. ¡Quién sabe! igual se pasa por aquí un gran experto y nos da también sus razones.
Besos y gracis por tu comentario

Luz


José Luis Ríos Gabás dijo...

Sólo he leído de Baroja "La busca", dentro del Club de lectura La acequia, así que lo conozco poco, pero tu entrada sobre él es muy interesante.

Un saludo

Merche Pallarés dijo...

He leido todo el texto que me ha encantado sobre todo esta definición de nuestro Pío:

"...aunque se ve que al fin y al cabo todo le sale por una friolera-decisivo “al fin y al cabo” que sedimenta el alma-,doble actitud en él, pues, si a veces se le ve divertirse con un estrambote y llegar a la catástrofe con impasibilidad, exagera esto a veces tanto que se ven pasar por él hondos temores de beata, desconfianzas de palurdo, vagas y arredradoras ideas de deber, temblores un poco pueriles que, aunque contradice en seguida, aunque se resiste voluntariamente a su miedo hablando alto, respondiéndose a voz en grito como el que canta para matar el pavor de los caminos de la noche, dan estas cosas a su temperatura esa de destemplanza que se nota en su obra, ese contraste tan humano que en él es asombrosa y admirable flaqueza por lo franca, por lo extraordinaria que es en medio de todo."

Besotes, M.

Abejita de la Vega dijo...

No, Baroja no se doblega ante nosotros, ante los lectores. El cuadro de su hermano, el que ha puesto Pancho,nos lo muestra como si el viento lo quisiera doblar, lo curva pero él resiste.

El texto es largo pero muy interesante, voy analizándolo poquito a poco, a ver si estoy de acuerdo. Gracias por buscarlo y trascribirlo.aquí no hay copipega que valga.

¿Y las fotos del Rastro?

Besos, hablamos

Ele Bergón dijo...

Gracias Jose Luis por tu comentario. Me alegra que te parezca interesante esta entrada.

Me he pasado por tu blog, y te seguiré en tus entradas, aunque antes me tengo que familiarizar con tu diseño.

Un abrazo

Luz

Ele Bergón dijo...

Merche, es un poco largo el texto y sé que para leerlo en pantalla, puede costar un poco, pero creo que merece la pena.

En muchos trozos de la lectura, como éste que has escogido, retrata muy bien D. Ramón a D. Pío Baroja. Parece que lo conocía muy bien, como le pasaba con Azorín con el que tiene sus encuentros y desencuentros.

Besos

Luz

Ele Bergón dijo...

Abejita, parece que Baroja era como el junco que se podía inclinar por la acción de viento, pero no se doblegaba.No en vano fue anarquísta, al menos en sus primeros tiempos.

Las fotos del Rastro las pondré para la próxima semana, aunque ya estemos en otra lectura,pero no las dejaré, no.

Besos

Luz

pancho dijo...

"Baroja impresiona más que convence". Una afirmación más que acertada. Es imposible que convenza quien está en contra de todo lo que se mueve, siempre habrá alguien en contra.

"Baroja no solamente mira las cosas, sino que las resuelve a su peculiar manera de ver las cosas.

"¿Por qué esa crueldad al lado de su inimitable bondad?" . No creo que se deba mezclar la literatura con la actitud del escritor ante la sociedad, pero tampoco separar del todo porque entraríamos en los terrenos de la asimilación de la obra con la realidad del autor o en el de la coherencia de tu comportamiento con tu producción literaria.

No hay quien pueda acusar a Baroja de falta de compromiso, al menos en La Busca: toma partido hasta mancharse, como decía Celaya. Por eso supongo que ha sido tan discutido.

La gente ya no escribe así. Ni mejor ni peor, diferente. A mí me cuesta seguir el hilo a la argumentación.

Un abrazo y descansa de tu trabajo de mecanógrafa...

Ele Bergón dijo...

Pancho, creo como tú apuntas, que Baroja es un autor muy peculiar tanto en el fondo de sus escritos como en la forma, por eso quizá es un autor muy discutido y a muchos gusta y a otros no. También es verdad que a Baroja se le ha juzgado por su trayectoria política y lo literario y personal se mezclan en los lectores y críticos. Nadie es objetivo y yo menos que nadie para juzgar la obra de Pío Baroja porque soy una simple lectora que cuando leyó La Busca, en mis años jóvenes, me encantó, y sin embargo ahora, cuando la he vuelto a leer, confieso que se me ha caído algo de esa admiración que sentía por él.
El lector también tiene su tiempo y su situación y en estos momentos me encuentro entretenida con otras "veleidades" y reconozco que no le presto la atención que se merece.

Lo de copiar el texto no es nada cansado para mi, pues por fortuna, con dieciséis años aprendí mecanografía y es de las cosas que más rentabilidad me ha aportado.

Gracias por leer el texto y gracias por preocuparte por mi descanso. Ya lo hago ya....

Besos

Luz

Myriam dijo...

¡AY! que suerte tienes de haber aprendido mecanografía, yo ni con tres cursos aprendí y tecleo como un pato, lo cual causa estragos en la sensibilidad de los teclados digitales... jajajajaja.

Mil gracias por este aporte. De todo lo que dice aquí de la Serna, lo que más me gustó fueron las alusiones al sombrero de Baroja. Ya sabes cuanto me gustan las boinas. A propó ya reemplacé la que le regalé a Cornelius en Burgos.

Besos

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Ramón fue un magisral escritor de retratos de los personajes más célebres de su tiempo. En pocos párrafos calaba en el alma y juntaba esos rasgos de su personalidad con los de su escritura para abrirnos los ojos ante la cosmovisión. Este texto sobre Baroja es todo un ejemplo: en él esta Baroja, pero también sus obras.
Gracias por traerlo.