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jueves, julio 05, 2018

EL PISITO - RAFAEL AZCONA





Puede que allí, en el Barrio de la Alegría, donde yo pasaba mis vacaciones de Semana Santa, porque eran cortas y mejor no ir y volver hasta Pardilla, después de convivir algo más de medio curso, con las monjas agustinas en pleno barrio de Salamanca; puede que allí , repito, en este mísero barrio a las afueras de la ciudad, varias veces me cruzara con alguna Petrita, que vivía con su hermana Rosa, el marido de esta , guarda urbano comilón, bebedor y tripudo, que junto a su numerosa prole, habitaban en alguna de las incontables casas bajas, de este barrio con calles en pendiente y embarradas, por donde bajaba el agua con un color muy especial, entre gris y azulado, porque hasta allí, no habían llegado las alcantarillas y el agua clara, para poder beberla, se llenaba con un botijo en la fuente. Quizás por eso, yo veía en mi trotar de cuestas, cómo las mujeres lavaban los cacharros y la ropa en el triste e insólito arroyo, donde existían pocos árboles y demasiada miseria.

No es de extrañar que cualquiera de las Petritas de entonces que por allí transitaban, en este barrio periférico y otros muchos que rodeaban la ciudad de Madrid, buscase con ahínco a un Rodolfo, bueno y calzonazos, rondándole el hambre a todas horas, con un empleo donde un jefe le explotaba en su trabajo de lo más variopinto, un día sí y otro también; para que las liberara del infierno donde andaban metidas y soñaran con ese pisito que tanto costaba encontrar en la capital de España allá por los años 50 y 60 del siglo pasado. 

En principio y visto desde nuestra actualidad, parece algo disparatada la idea del casamiento de Rodolfo con la octogenaria doña Martina, pero hay que verse en los estados límites, para que la imaginación llegue a lo surrealista e insospechado. Es la propia necesidad y el ansia de salir de las miserias que la vida nos tiene reservadas, la que nos lleva a desear una tragicomedia, con un sabor a ironía ácida, como es esta obra tan genial del gran Azcona. 

Y aunque no os lo creáis, sé de lo que escribo, porque yo acabé con mis dieciséis años y con mi título de bachiller superior recién sacado, por las calles de Madrid, en especial el céntrico Barrio de Bilbao, sola, yendo por las casas, piso a piso, puerta a puerta, como vendedora de perfumes, porque tenía que sobrevivir en tiempos de la dictadura franquista, donde cada uno hacia lo que podía y le daban de sí sus entendederas.

 (c) Luz del Olmo 
 



domingo, julio 01, 2018

ATARDECER



Atardecer ,
en Campos de Castilla.
Es lontananza.
                                                
                                            
* Para Pedro Ojeda que al leer su entrada Anochecer rojo.
Me inspiró este haiku. 

(c) Foto y texto Luz del Olmo

viernes, junio 15, 2018

EL PISITO- RAFAEL AZCONA

 * A finales de los años 50, del siglo XX, se tenía por costumbre hacerse una foto en el palacio de Cibeles , con las famosas "palomitas". Allí me llevaron mis primas y me sacaron esta foto que aún guardo.




Visité por primera vez Madrid,  a finales de los cincuenta del siglo pasado y paseé sus calles por los barrios de Cuatro Caminos y  también Ventas , en la parte que llamaban el Barrio de la Alegría.

En aquella época, la calle Orense  terminaba justo en el número 25, que era la casa donde mi tía, viuda de guerra,  vivía con  mis dos primas, junto con una mujer ya mayor, muy simpática y buena a la que  llamábamos tía, pero un tiempo después supe que no lo era, aunque siempre se la consideró como de la familia.

 Como mi propia tía Gabriela,  que en aquella época vestía de negro, la tía María siempre llevaba puesto un hábito de la Virgen del Carmen, que en este caso, lucía de marrón. La recuerdo muy limpia y repeinada con un moño en su pelo casi blanco,  donde resaltaba su cara redondita y gorda, porque toda ella tenía ese mismo aspecto circular .

Tengo la sospecha  que mi familia era la realquilada de la tía María  y lo más seguro,  que el bloque de casas  perteneciera al casero, como ocurre con el personaje ultracatólico y peculiar de Don Luis, que si se pincha solo le sale agua,  en la novela El pisito,  de Rafael Azcona.

También recuerdo que un señor muy trajeado,  solía visitarnos de vez en cuando. Nos traía regalos y se le notaba que pertenecía a otra clase social distinta a la nuestra, por su porte y distinción.

La casa donde vivíamos las cinco mujeres de diferentes edades, era la última de la acera, porque a continuación se extendía la tierra con algo de hierba.

Recuerdo  que para subir al cuarto y último piso, yo trotaba por las  oscuras escaleras de piedra desgastada y siempre hacía un pequeño descanso en los rellanos,  para mirar las  algo cochambrosas puertas de madera, con su mirilla correspondiente,  que tanto me llamaban la atención. 

Lo primero que nos recibía al entrar en la casa,  era un largo pasillo sin apenas luz, que terminaba en una cocina alargada, donde no  viene a mi memoria ninguna despensa, pero sí una ventana al cierzo, para guardar y orear  los alimentos que habíamos comprado en el mercado  Maravillas.  Creo que la cocina era de las llamadas económicas con carbón, en vez de leña,  como la que teníamos en mi pueblo natal de Pardilla, en Burgos. 

Allí todas las mujeres de la casa cocinaban, excepto yo, que al ser una niña, no me imponían apenas obligaciones. Lo cual me alegraba  mucho, porque lo primero que hacía  al llegar de la calle, era buscar  con ansia la gran terraza que  daba al exterior.  Necesitaba  asomarme  y ver un horizonte de campos abiertos, pero lo único que encontraba, eran las enormes grúas de hierro que poblaban el paisaje. 

Esta casa,  de casi las afueras de Madrid,  en aquel entonces, tenía tres habitaciones, no sé si grandes o pequeñas, pues en los recuerdos de la infancia, todo se queda agrandado, en relación a nuestra estatura. La tía María dormía en una de ellas sola, y,  en las otras dos,  el resto de la familia,  donde  yo estaba  incluida. 

No tengo ninguna consciencia  de los vecinos que pudieran habitar  en los pisos de más abajo, pero es muy posible que existiera   doña Martina Torralba,  hija de un catedrático,  con su gato Teo, recibiendo un trato muy especial  y su criada Maricruz, un poco chapucera en eso de limpiar las manchas de las corbatas. 

Tendría como  realquilados, esta mujer muy entrada en años,  a  un callista  embaucador y caradura llamado Dimas, así como al bueno de Rodolfo Gómez , un muerto de hambre, explotado por su jefe, don Manuel,  con  una novia llamada Petrita, de la que ya hace tiempo dejó de estar enamorado. Es muy posible que estos personajes que retrata Rafael Azcona en su  lucha por la vida, vivieran en el primero, segundo o tercer piso, de esta calle  de Madrid, donde dormí por primera vez,  en mis muchos  años de vivencias en la capital.
 
En el Barrio de la Alegría, podrían haber vivido los cuñados de Rodolfo con su prole de  niñas y niños. Pero, esa es otra historia,  que la dejo para  la siguiente entrada, en este mi divagar por los  diferentes barrios de Madrid donde pasé, en especial, mi complicada adolescencia. 

(c) Luz del Olmo 

 

sábado, junio 02, 2018

ALGO MORADO Y EXTRAÑO

Esta mañana, después de la tormenta de la pasada noche, he encontrado estas huellas tan raras en un charco de agua.

(c) Luz del Olmo




sábado, mayo 26, 2018

AYER EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID


A eso de las once llegué al recito ferial. El cielo estaba gris pero no llovía



La mayoría de las casetas se encontraban abiertas.

Me entretuve viendo

la  magnífica exposición fotográfica que siempre ponen 


enfrente de las primera casetas.
El país invitado es Rumania y las fotos así lo atestiguan

A eso de las doce, seguía el cielo gris y sin una gota de lluvia.

Por los altavoces dijeron que se cancelaba la inauguración por el mal tiempo,

 me  pareció extrañó, pues  ni viento, ni lluvia, asomaron en toda la mañana.



miércoles, mayo 23, 2018

LOS REFUGIOS DE LA MEMORIA


                                         


                              Ser breve, en arte, es suprema moralidad. JRJ

        PARA desordenarme por dentro, tengo que ordenarme por fuera. JRJ


José Luis Cancho, nacido en Valladolid en 1952, por un hecho traumático, se ha desordenado por dentro y lo primero que hace es intentar ordenarse por fuera, con este libro breve, pero intenso, sincero y  en apariencia, fácil de leer, donde hay que hacer pausas, para entrar en  la sima de sus pensamientos. 

El autor, a través de sus vivencias, intenta poner un  orden  en esa búsqueda,  que todos tenemos,  por encontrarnos a nosotros mismos, con el fin de reconciliarnos y vivir, más o menos, con una cierta paz.


 En Los refugios de la memoria, título muy bien escogido y meditado;  José Luis Cancho acude a esos refugios que la memoria posee, dándonos cobijo  para poder sobrevivir,  cuando en una ocasión vimos cara a cara a la muerte, pero que ella, la aterradora, no quiso llevarnos  consigo y eso hace que  el autor,   nos guíe  hasta  los años del finales del Franquismo y comienzos de la Transición, donde  España era una ebullición, porque casi  todas y todos,  teníamos unas ansias justificadas de libertad y de esta forma nos expresábamos.

La vida de José Luis tuvo su repercusión y significado. Los refugios de la memoria que a él le siguen protegiendo de los caminos que otros muchos transitaron y a los  más,  nos llevaron por sus orillas, son también nuestros refugios de aquellos años tan convulsos donde el desorden, tanto por dentro como por fuera, era un auténtico caos. No es extraño que a los que vivimos todo aquello, este libro nos incite  a acompañarle por ese intento de orden,  al menos en el exterior, porque el desorden interno cada uno lo tendremos que trabajar, según hayan sido  y sean, nuestras propias vivencias.

Por todo lo anterior y muchos más matices, este libro que os comento,   ha llegado a  mi yo más íntimo  y he ido leyendo como ha procurado escoger las palabras más exactas  para presentarnos sus sentimientos y necesidades, como el viajar por diferentes países, donde las descripciones de los lugares,  tanto personales, como  los vistos en el paisaje,  están cargados de lirismo y en especial sus viajes literarios, capaces de encontrar su  propio refugio,  en esa casa de la playa que la amistad le proporciona, donde guarda  todo el simbolismo de lo que va siendo su vida.

Especialmente  me admira, su falta de rencor,   ante las malvadas personas por las que llega a tocar  la muerte.

¡Quién sabe si su misión debía de ser precisamente esto, sobrevivir para poderlo contar!

(c) Luz del Olmo