martes, septiembre 25, 2018

CIEN AÑOS DE SOLEDAD



Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

¿ Cómo olvidar el empiece de Cien años de soledad, del Premio nobel Gabriel García Márquez, Gabo, para los amigos?

Recuerdo haber leído este libro en un verano de hace ya bastantes años y en mi biblioteca personal guardo la cuarta edición de la editorial Cátedra que se publicó en 1991. Es muy posible que fuera en esas fechas, cuando  en las tardes del mes de julio o agosto , yo degustara cada palabra que el autor me iba dejando, para meterme en el pueblo de Macondo y toda la familia de los Buendía ,y, menos mal que venía el árbol genealógico para situarme en ese  maremagnum de nombres donde los Josés Arcadios y Aurelinos , con sus mujeres , hijas e hijos, se van sucediendo , mientras yo iba sumergiéndome en aquel mundo mágico, combinando realidad y ficción, hasta quedar atrapada en aquella lectura de verano, según mi memoria , que sé es traicionera, selectiva y mentirosa, para verme en el recuerdo, disfrutar a la sombra de una higuera que tengo en el jardín.

Hoy en este comienzo de otoño de 2018, vuelvo a encontrarme con toda la saga de los Buendía y creo comprobar que las palabras de García Márquez, me siguen atrayendo con su prosa densa, imaginativa, llena de sugerencias que me hacen pensar y escribir.

No es lo mismo leer el libro a los cuarenta años que a los setenta, porque descubres mucho más, ya que tu propia experiencia de la vida, te hace degustarlo mejor y paladearlo más. Al menos esa es la impresión que tengo, cuando llevo leídas unas ochenta páginas.

Sé que en mis próximos comentarios a este primero, no voy a descubrir nada de lo que se haya escrito , pero intentaré dar una visión muy personal de lo que me vaya ocurriendo según las sensaciones, sentimientos o emociones que mi imaginación sepa captar a través de las páginas de este conocidísimo y estudiado libro.







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FLORES QUITAMERIENDAS


                                            
Se fue el verano. 
La flor quitameriendas,
apareció. 






(c) Texto y foto Luz del Olmo

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lunes, septiembre 17, 2018

POEMA DE JORGE LUIS BORGES

          
                            
         EL REMORDIMIENTO 


HE COMETIDO el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido 
feliz. Que los glaciares del olvido 
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado  y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida 
no fue su joven voluntad. Mi mente 
se aplicó a las simétricas porfías 
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado 
la sombra de haber sido un desdichado. 

Poema de Jorge Luis Borges, incluido en su libro La Moneda de Hierro, ( 1976)

 

viernes, septiembre 07, 2018

AYER TARDE, 6 DE SEPTIEMBRE, EN MADRID








Ayer  tarde, le  di un respiro a mis quehaceres habituales, para pasear   por estos lugares que tanto me gustan.

Después me pasé por  el centro cultural  Casa de Vacas para ver esta exposición:









Quedé muy  sorprendida por su pintura, fresca, llena de colorido, jugando con las líneas y demostrando que, tanto Beato como Mota, son dos veteranos artistas que saben dominar las formas, en su encuentro con el color, para conseguir la gran armonía, dentro de un aparente caos. 

Al penetrar en la estancia, una música me acompañaba, hasta que una puerta me indicó, el lugar de donde salían las notas. La persona encargada del orden en la sala, muy amablemente me subió hasta un palco  vacío del teatro, que estaba al completo, donde escuché a un joven pianista, que nos deleitó con dos piezas: una de jazz  y otra dedicada a Cádiz , que me llevó hasta esa ciudad tan maravillosa que nunca olvido, desde que la visité. 


 Antes, una mujer había estado tocando, creo que el chelo. 


Terminado el concierto, nos fuimos todos a la inauguración y allí me encontré con mi amigo Arturo Ledrado, que hacía  muchísimo tiempo,  no lo veía.  Charlamos un rato y mientras comíamos un aperitivo y bebíamos un vino, nos pusimos al día.

Después de un ratito,  me volví muy satisfecha a casa,  después de  regalarme una  tarde de  asueto.