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domingo, marzo 26, 2017

MEDIA VIDA- CARE SANTOS



                                                   1959

Es muy posible que el hecho sucediera a principios del mes de octubre, cuando aún quedaban muchas cepas por vendimiar, pero Teodosio lo dejó todo y cogiendo de la mano a su hija de diez años, se encaminó al  autobús de la Continental para trasladarse con ella hasta Madrid.

Madrid era la ciudad donde le hubiese gustado vivir. El campo  en sí no le contrariaba,  pero el trabajar en él ya con sus 52 años, se le hacia cuesta arriba y más después del  golpe que la vida  les asestó,  arrebatándoles  su segundo hijo. 


Todos sus sueños  desde que se casó allá por los años de la  República, eran  el conseguir que sus vástagos estudiasen para poder tener una vida mejor que la suya,  donde el  labrar las pocas tierras que había heredado y el trabajar de vez en cuando para otros,  le estaban empezado a pasar factura en su rodilla derecha que  le dolía  con  frecuencia. 

Al hijo mayor , Rafael, había conseguido llevarlo al seminario de La Vid, no sin antes vender uno de los mejores majuelos que poseía. Evencio era su orgullo y   el de toda la familia. En el campo, pastoreando las ovejas, había conseguido hacer una radio de lámparas  donde él podía escuchar las noticias  de Radio Nacional, las peticiones del oyente de Radio Andorra y cuando ya todos dormían, La Pirenaica.  Después  cuando  el chico se  fue  a la mili, se reenganchó  para quedarse en el ejercito  como radiotelegrafista de aviones en Zaragoza. Más todo se truncó  el pasado  5 de julio cuando  la noticia  corrió por las calles del pequeño  pueblo burgalés:  Evencio se ha ahogado, Evencio se ha ahogado....hay que decírselo a sus padres, a la niña es mejor de momento, ocultárselo.

Teodosio ya montando en el autobús con su hija al lado, va recordando todo esto y de vez en cuando se saca el moquero de cuadros azules, porque se ha de limpiar la nariz  y con disimulo los ojos. El agua de la tristeza le va llegando sin quererlo. A partir de ahora se van a quedar solos  con el tercer hijo que les ayudará en el campo. Él también se iba a marchar en busca de un futuro mejor,  pero con esto de la muerte de su hermano, ha de renunciar a un prometedor  trabajo  para manejar las máquinas excavadoras, que andaban arreglando las carreteras principales por aquellos años.

El padre, al bajar del autobús,  coge la maleta de madera en una mano y  con la otra agarra con fuerza a su hija que, despistada y contenta, observa todo aquel devenir de personas y coches en el asfalto de  la tarde que empezaba a extinguirse. 

La puerta  era muy grande y la casa también. Con  una llamada al timbre, en pocos segundos, se abrió para recibirles una monja vestida de negro con hábitos largos y una toca grande  y blanca que le cubría  la cabeza.

Les hicieron pasar hasta un salón antiguo de techos muy altos, lleno de muebles completamente desconocidos,  para los ojos de aquella niña, que acaba de entrar a un mundo,  donde  no existía ni un solo resquicio  para   poder mirar  el cielo de la noche que iba cayendo  sobre Madrid.


Al cabo de poco tiempo, vino otra monja, se presentó como la directora. Se  llamaba  Madre Mª Antonia. La niña no existía para ellos, que hablaban  sin parar, pero sí se dio cuenta de cómo su padre,  sacaba otra vez su pañuelo de cuadros azules  y se enjugaba las lágrimas, esta vez sin disimulo:

-Perdone, madre, que tenga que hacer uso del moquero.

-¡Ah, muy bien! -se  río un poco la religiosa- Es verdad, de moco, moquero, está bien utilizada esa palabra. Yo soy la profesora de lengua y literatura  que le  dará clase  a su pequeña.

Después de un breve beso y abrazo entre padre e hija,  la puerta se cerró y fue entonces cuando la niña tomó conciencia de su entrada en  otro mundo muy distinto al que había vivido hasta ese momento.


Luz del Olmo Veros

(En el día de hoy 26 de marzo, mi padre cumpliría años. Es mi pequeño homenaje a este hombre  sencillo y bueno que nos dejó y se fue para siempre cuando yo tenía 15 años. Padre, te sigo queriendo y sabes que nunca te podré olvidar).



9 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

Tu padre te llevó de la mano a un mundo que él soñaba mejor para ti.
Los libros tocan los resortes de nuestro corazón.
Hermoso homenaje.
Besos, Luz.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Un buen y sentido homenaje. Habla bien de ti, por supuesto.
Comprendo el adelanto de esta entrada. Daré cuenta de ella cuando comencemos la lectura de la novela en el club.
Besos.

La seña Carmen dijo...

Muy emotivo, Luz. Te ha faltado la parada en Buitrago para el bocadillo. ¿La Continental o el Navarro?

Nunca estuve interna, pero viví mucho los internados de mis amigas del pueblo y alguna de mis primas. Hacía que me contaran una y otra vez qué hacían, qué comían, cómo eran los dormitorios, y las monjas, las monjas de los internados siempre me parecieron distintas a las de mi colegio. No tenía envidia a mis amigas internas, claro que no, pero a veces sí que me daba algo de envidia esa maleta y ese volar lejos de casa a conocer otros mundos, aunque fueran los de un colegio.

En mi colegio no había internas, éramos todas externas, aunque las monjas por estatutos o algo así mantenían a temporadas un minúsculo internado que no llegaba a media docena. No eran como Julia, no, no las veíamos hacer trabajos pesados, hacían lo que las demás, solo que si algún sábado nos dejábamos caer por el colegio, porque era un colegio que abría sus puertas hasta los domingos, pues las veíamos haciendo la colada en un habitáculo cerrado al lado de los cuartitos (llamábamos "cuartitos" a los servicios), había una lavadora de aquellas de rodillo y una monja con manguitos y delantal las dirigía, y las mayorcitas ayudaban a las más pequeñas. Una era muy traviesa y recuerdo que una vez una monja se atrevió a contarnos su historia, una auténtica tragedia, la pobre.

Ele Bergón dijo...

Abejita, mi padre me llevó con todo su dolor al lugar donde él pensaba que era lo mejor para mí. Es verdad que la estancia en aquel colegio, en especial los primeros días, fue una experiencia dura, pero después y gracias al esfuerzo de mi familia por ponerme en el camino para adquirir mejor cultura y conocimientos, he podido disfrutar y disfruto de esta vida que no siempre es fácil de llevar.

Pedro, después de abandonar el libro de Manuel Chaves Nogales, comencé a leer Media Vida, y desde las primeras páginas me surgió este pequeño texto para mi padre que el domingo cumpliría años. Necesitaba escribirlo así.

Carmen, tengo mucha tela que cortar sobre el internado donde pasé desde los 10 hasta los 16 en el colegio. Tengo anécdotas de todo tipo: buenas y malas, ya las iré soltando por aquí. Desde luego este libro me va a hacer escribir y mucho. El coche de línea era La Continental, también pasaba por Pardilla el Navarro, pero se quedaba en el desvío de la carretera, así que casi siempre para Madrid cogíamos la Continental y además recuerdo haber llegado a la calle Alenza, 20.

Besos querido amigos

La seña Carmen dijo...

Gracias por recordarme la diferencia entre las paradas del Navarro y la Continental. Tras escribirlo me pasó ese detalle por la cabeza, que allí en la carretera subía también gente de Fuentenebro. Estoy en plan pequeños detalles, será que cada día me quedan menos neuronas.

Gelu dijo...

Buenos días, Luz:

Un relato en el que hemos podido apreciar la vida de las gentes sencillas, la unión de la familia en la lucha diaria, los sacrificios para conseguir la educación y el progreso, las alegrías por los pequeños triunfos de sus integrantes, el dolor de Teodosio por la muerte de su hijo, la delicadeza de evitar las noticias tristes a la niña, el viaje del padre con la pequeña al internado en ese coche de línea de La Continental. El colegio y las monjas.
Un precioso recuerdo, lleno de amor, en este aniversario.
Esperamos la continuación de tu historia.

Besos

María Pilar dijo...

Precioso y emotivo relato de época, de una época no tan lejana. La nuestra y los sacrificios que hicieron nuestros padres para que estudiásemos y nos forjáramos un futuro mejor que el de ellos. La vida les dio la razón y seguro que se sintieron orgullosos al verlo.
Merecido homenaje.

Ele Bergón dijo...

Gracias Gelu, mi padre murió cinco años después de la muerte de su hijo, no pudo seguir viviendo con ese dolor. Mi madre, por el contrario, fue más fuerte y murió con 90 años.
Seguiré escribiendo sobre ese internado en Madrid. Besos

Máría Pilar, sí es un relato de época que me atañe en primera persona. No siempre lo pasé bien en el internado,pero ahora, gracias a ello, "confieso que he vivido" como decía Neruda y le he podido sacar más jugo a la vida.
Besos

Myriam dijo...

Se ve que esta lectura te ha movido en la fibra más intima.
Hermosos homenaje a tu padre, bendita su memoria.

Un gran abrazo