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miércoles, abril 05, 2017

MEDIA VIDA-CARE SANTOS (II)

 


                                                             LAS INTERNITAS

Al poco de la despedida, la niña de diez años, llamémosla Lucía, quedó perdida en aquel laberinto de amplitud cerrada, donde las puertas grandes, los techos altos y los pasillos infinitos la rodeaban, y ella, intuyó que debería de tomar una serie de decisiones, sin saber por donde empezar.

La maleta que le había acompañado en su viaje, desapareció junto con la madre Mª Antonia,  no sin antes indicarle:
  • Y ahora , vete al comedor que tus otras compañeras ya estarán cenando.
Lucía intentó cumplir la orden pero ¿dónde se hallaba ese comedor? Decidió subir unos tramos de escaleras rectas e iguales, nada parecidas a las de su casa, para continuar por el pasillo que a ella se le antojó muy, muy, largo. Cuando llegaba a la mitad del mismo, otra monja salida de no sabía donde, la increpó:

-Y tú, ¿ qué haces aquí? Hace rato que a las internas se les ha servido el postre.

Lucía, cohibida, no supo qué contestar y al poco oyó un ruido de platos y cubiertos que provenía de una puerta abierta. Llegó hasta ella y entró:

Niñas de todas las edades comían en mesas de cuatro en cuatro en una sala tan amplía, que nunca había imaginado,  pudiese existir.

Después de sentarla en una silla libre, le trajeron en un plato, una manzana. Las otras niñas  apenas la miraron,  se ocupaban en pelar y trocear con cuchillo y tenedor, otras manzanas similares a la suya.

Lucía, en silencio, como el resto de sus compañeras, observó como pinchaban con el tenedor pequeño la fruta para cortar con el cuchillo,  la manzana,  y  después,  sin tocarla, la pelaban y se la comían.

En su pequeña experiencia de vida, la niña siempre  había comido  las manzanas a bocados y con frecuencia, recién cogidas del árbol, pero recordando los refranes de su padre “ allí donde fueres, haz lo que vieres”, decidió imitar a sus compañeras.

No tuvo suerte Lucía en su primer intento, la fruta salió disparada para darle a la monja en la toca que cubría su cabeza.

-¿ De dónde sales tú? ¿Quiénes  serán tus padres? ¿ De qué familia procederás?   ¡No se te ocurra ir a la capilla ni al dormitorio hasta que no aprendas a pelar esa manzana!

Mientras la pequeña, a su buen entender,  se aplicaba en no tocar la manzana con las manos, observó que otras niñas, diferentes a las compañeras que se acababan de ir, comenzaban a retirar los platos, limpiar las mesas, barrer el comedor y colocar todo lo necesario para el desayuno del día siguiente.

Después de pasar aquella su primera noche con las monjas, donde recibió todas las regañinas que no había acumulado en sus diez años de existencia, por equivocarse y llegar tarde a todos los lugares donde se suponía tendría que estar, aprendió en los días sucesivos que,  a esas niñas que hacían de criadas de ella, como antes lo fue su madre en el pueblo, las llamaban las “internitas”.

Al leer el libro Media Vida,  ha recordado las  muchas “Julias” del libro de Care Santos,  que además de limpiadoras del colegio, no podían estudiar un bachillerato, ni siquiera el elemental, y,  mucho menos el superior,  en la España de aquellos años 60. Estas niñas por el hecho de ser huérfanas y pobres, solo podían aspirar a tener una formación profesional.

Sí, Lucía  como Julia, era una niña pobre que vivía, en un colegio de niñas ricas de clase media alta, donde las internitas nunca se podían mezclar con  las internas. Estaba prohibido hablar y jugar con ellas.  Todas las estancias se hallaban separadas dentro del propio edificio.  Incluso los patios,  quedaban  divididos por una alambrada que hacía de frontera entre estas dos clases sociales. Las  monjas así lo  habían instaurado en su colegio. 

Luz del Olmo Veros 

9 comentarios:

María Pilar dijo...

Creo que somos de la misma época. Me gusta cómo reflejas ese ambiente frío y disciplinario del internado de los primeros días.
Besos

La seña Carmen dijo...

A los internos, menos a los mediopensionistas, se os reconoce bien por la forma en la que peláis la fruta. ¡Ese arte! Personalmente creo que la única fruta que he conseguido comer con cierta elegancia ha sido un plátano.

Hoy en los restaurantes de postín te la dan ya pelada, preparada dicen, y el pescado sin espinas, por si acaso. No sé si será porque ya apenas quedan internados, aunque para compensar cada vez más niños coman en el cole.

Myriam dijo...

Las monjas, siempre...

Myriam dijo...


Besos

Abejita de la Vega dijo...

Había internitas. Eran una realidad en la España gris que nos vio niñas y adolescentes. Me lo contaron. Por aquí hablan de una internita que ahora presume de ser inspectora de algunas de aquellas colegialas que la humillaron.
Besos Luz

Gelu dijo...

Buenas noches, Luz:

Comenzaba una vida muy distinta para Lucía. ¡Qué importante e indispensable es saber pelar una manzana con cuchillo y tenedor sin tocar con las manos!. Las internitas, pobres criadas de monjas y compañeras.
Habría niños/as internos que estarían mejor en los colegios que en su casa, pero ¡qué tristeza para quienes no encontrasen buenos amigos o profesores comprensivos!.

Abrazos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Aquellos tiempos fueron terribles. Esas distinciones de clases sociales y esa caridad que separaba, no unía, que mantenía privilegios...
Gracias por este relato.

Pamisola dijo...

Hola luz, qué tal te va.
No estoy leyendo el libro, pero lo que reflejas en esta entrada me ha puesto un poco los pelos de punta. ¡Era tan importante mantener las diferencias! en los colegios no internos también pasaba.

Abrazos Luz.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Una magnífica manera de recrear esa parte inicial de la novela de Care Santos. Real, muy real, por desgracia.
(Perdona que no lo incluyera en mi entrada de la semana pasada.)