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jueves, noviembre 20, 2014

NADA

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Andrea, o mejor, Doña Andrea como así la llamaban todos los vecinos que la conocían, en muchas ocasiones no era consciente de  su  edad. El domingo pasado, después del vagabundeo por las calles cercanas a su casa, se dio cuenta que no había descansado lo suficiente y pronto tuvo que volver a su hogar.

Estuvo toda la semana, muy a pesar suyo, sin apenas salir , tan sólo se acercaba a comprar algo de pan y sus pasteles diarios que nunca dejó de comer. El resto de la compra, la encargó por teléfono. No era comilona. El hambre pasado en su juventud se había instalado en ella de tal forma que necesitaba sentirlo para así comprobar que vivía. Comía tan  poquito,  que  su aspecto parecía  frágil en su delgadez perpetua.

Al darse cuenta de que debía reposar antes de hacer otra escapada, decidió correr los visillos de los balcones y mirar a través de ellos. Por un instante pensó que siempre había sido una gran espectadora.

Los recuerdos la llevaron hasta todas aquellas personas que conoció fuera de este recinto. Siempre fue consciente de cómo el mundo que se le abría con sólo poner el pie en la acera de la calle de Aribau, era una contraposición y un alivio a la atmófera tan contaminada que habitaba por aquellos años de mil novecientos cuarenta y tantos, en las paredes que ahora contemplaba si miraba dentro de esta casa que ya no la oprimia.

Su primer pensamiento fue para Ena y se vio en la Vía Layetana mirando el último piso del edificio donde vivía su amiga , después de la agradable velada a la que fue invitada, donde conoció a su pequeña, en estatura, madre y lo mucho que la impresionó el oirla cantar mientras tocaba el piano. También pudo mirar los afables ojos verdes, como los de Ena pero sin su luz, de su padre y a sus cinco hermanos, menores que ella, llamándole la atención de esta familia tan viajera, el que todos fuesen rubios, contrastando con su pelo oscuro, ahora ya completamente blanco, y su tez morena.

 Bien recuerda cómo al  salir de aquel lugar tan lleno de armonía, se prometió así misma que  parte del dinero de su próxima  paga lo gastaría en comprarle un ramo de rosas  a la madre de Ena. Tal era su agradecimiento.

Una punzada de hambre le dio el estómago y pensó lo bien que hizo al tomar la decisión de no comer en la casa de su abuela, en aquellos tristes años y preferir el vagabundeo libre. El descubrimiento del sabor de las almendras y cacahutes, junto con aquel restaurante, oscuro con unas mesas tristes, donde siempre comía sopa, variada en los colores, según fuese el condimento, pero que a ella siempre le satisfacía, se lo debe a esta certera decisión.  La punzada de hambre seguía en ella y se reía para así pensando que ahora podía saciarla en cualquier momento y sin salir de su casa. Esa sensación de satisfacerla enseguida, le seguía produciendo un inmenso placer.

Sus pensamientos volvieron a Ena, su gran amiga, pasando por diferentes etapas en su amistad y también rememora  a su novio Jaime, al que llegó a coger un gran cariño, sin olvidarse de aquella truculenta historia con su tío Román. Por entonces este tío suyo, marchaba y desaparecía para volver después,  sin dar razón ni de su ida ni de su vuelta. Las notas geniales de su violín aún las puede escuchar, como si su espíritu, aún siguiera, en el piso de arriba.

 Al llegar otra vez  el domingo,  Andrea siente que no aguanta más metida en casa.

Decide coger un taxi e indica al taxista que la lleve hasta el barrio de la Ribera. Quiere  volver a visitar la Basílica de Santa María del Mar . Justo cuando va a empezar a subir la escalinata, otro anciano, más enjuto que ella y también apoyado en su bastón, la observa  y le dice:

-Lo que fuimos y lo que somos- Y se queda mirándola detenidamente para después gritarle lleno de alegría

-Andrea, tú eres Andrea. Sí, tú eres Andrea.

La anciana se sorprende y después, quitándose su gafas de sol y buscando la funda de sus otras gafas de cerca lo mira:

-Pons, eres Pons. ¡Cuánto tiempo!

Los dos se abrazan sin soltar sus bastones, se ríen y ríen y ríen.

Toman la determinación de  sentarse en una terraza cercana y descansar física y mentalmente de las emociones que acaban de agolparse en todo su ser.

- Cuéntame qué ha sido de ti y de todos los que frecuentaban el ambiente bohemio: ¿Que fue del anfitrión Guíxol y sus pinturas? Pujol , ¿ sigue con sus chalinas y su pelo largo? ¿Y el loco de Iturdiaga? ¿Cuántas novelas ha escrito? Y ¿tú? Cuéntame ¿Te casaste? ¿Tienes nietos? Perdí todo contacto con vosotros al irme a Madrid en mi nuevo trabajo.
 
- Yo durante un tiempo tuve noticias tuyas a través de Ena, después..... Ya sabes todo va pasando.

 Puedo satisfacer tu curiosidad empezando por mi. Me casé con mi tercera novia y tengo cuatro hijos, doce nietos y dos biznietos  y no me ha ido del todo mal en la vida. En cuanto a los otros... la historia es larga de contar. Puedo  decirte que Iturdiaga, aún sigue escribiendo novelas porque aún se sigue enamorando y buscando a su mujer  ideal, extranjera y fascinante.  Algunos de los que frecuentaban la tertulia, ya han muerto. ¡Qué tiempos aquellos! Tú fuiste la única mujer que admitimos en el estudio de Guílox porque tienes la tez muy oscura y los ojos claros. Fue genial, como dicen ahora mis nietos. A ellos les cuento nuestras historias y les gustan y mucho. Alguno tengo bohemio y  ahora está metido en ese nuevo partido de Podemos que da tanto que hablar. Pero cuentáme tú, cuentame.

No podía imaginar Andrea que este día de domingo lo iba a pasar tan bien con su antiguo compañero de la Universidad, porque hablando y recordando se les fue el santo al cielo y ya empezaba a irse el sol cuando decidieron volver cada uno a su domicilio, no sin antes comprarle Pons a Andrea un pequeño manojo de claveles bien olientes, rojos y blancos. 

                                                           Continuará..



4 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

Mi estimada doña Andrea.
No me queda la menor duda, usted sigue conservando el espíritu de aquella Andrea que llegó a la estación de Francia, en la Ciudad Condal, un día de otoño de mil novecientos cuarenta y pico. Algo de esa fuerza juvenil vive en esa anciana que llega al piso heredado, abriendo balcones. Recuerda cuando se subió por un sofá en peligroso alpinismo para abrir la puerta que daba a la galería, aire, más aire, que el aire estaba estancado en la casa de la calle Aribau.

Un beso para usted, doña Andrea, y para Luz, la que nos dio noticias de su llegada.

Paco Cuesta dijo...

El hambre, tan presente en la novela bien puede ser denuncia de algo que pasaba en una ciudad tenida por próspera y de lo que no se podía hablar y menos escribir. En la película ni siquiera aparece el tema.
Besos

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Este reencuentro, anunciado con tantas sensaciones que le hacen volver a aquellos tiempos. Y a Ena, su amiga.

María del Carmen Ugarte García dijo...

¡Ay! Esos personajes secundarios que aparecen en las novelas por algo. Rompedor el planteamiento de unos cuantos bohemios reunidos en el ático a dar rienda suelta a sus fantasías artísitcas, y entre ellos una sola chica, que ni escribe, ni pinta, ni hace canciones. ¿La musa?