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martes, mayo 12, 2015

MADRID (SEFARAD)



   Tranvia de Madrid, Plaza de Castilla a Cuatro Caminos , Fondo : J.J. Olaizola

( Quizá esta pequeña vivencia, no tenga mucho que ver con Sefarad, el libro que estamos leyendo, de Antonio Muñoz Molina, pero al leer en sus páginas y observar lo importante que es Madrid en la novela, junto con la presencia de la Guerra Civil, me ha sugerido este pequeño escrito. )

Cuando yo llegué a Madrid, tenía ocho años. Eran los finales de los 50 del pasado siglo XX. No recuerdo quién me trajo hasta la capital, pero estoy segura que fue en el autobús de línea de la empresa Albarrán, que subía y bajaba el puerto de Somosierra, por empinadas curvas y desde la ventanilla, puede observar con decepción, que el famoso puerto no tenía barcos, como yo siempre había pensado, al imaginar el nombre que oía en las conversaciones de los mayores.

Me llevaron a casa de mi tía Gabriela en Orense, 25. Por entonces, era el final de la calle, porque a partir de ese número, se extendía el campo. No obstante, cuando me asomaba a la terraza- ella vivía en el último piso- podía observar cómo unos monstruos de hierro se movían entre la polvareda y el barrizal y a lo lejos podía divisar casas muy altas llenas de pisos.

Mi aterrizaje en Madrid estuvo lleno de cambios. Me cambiaron los vestidos blancos y largos por otros, cortos y llenos de alegres colores. También me cambiaron el peinado de dos trenzas, por una cola de caballo. Mis dos primas, eran modistas y ellas fueron las artífices de mi transformación personal y quién sabe si también, de mi forma de ver la vida. Guardo con cariño una foto hecha con las palomas de Cibeles, donde se me puede ver muy distinta a mi llegada del pueblo, junto con mi hermano Evencio. Hermano que perdí en extrañas circunstancias, tan solo unos pocos años después.

Aquí, en la capital, oía poco hablar de la pasada guerra civil, porque en casa de mi tía, era algo que no se mentaba. Sin embargo, en el pueblo y en especial a mi tío Eusebio, no paraba de relatarme, cada vez que nos veíamos, cómo él estuvo en las trincheras  nacionales y de todo lo que allí le había sucedido, dándome todo tipo de detalles, de los numerosos lugares donde había batallado. Era algo obsesivo en él. Por el contrario, tuve que oír, bastante años después, cómo la tía Gabriela se había quedado viuda, porque a su marido lo habían matado en la famosa guerra.

Otras de la novedades que tuve al llegar a Madrid, fue el poder montar en un tranvía, que  recorría todo el Paseo de la Castellana y disfrutar, también por primera vez, de los "caballitos" en una verbena. Mis primas me dieron una peseta, que mantuve todo el tiempo en la mano, mientras me divertía, del subir y bajar en el caballo de madera. Al señor que mandaba aquella atracción, se le olvidó cobrarme.

Con el pasar de los días, estrené el metro de Madrid en su línea 2,  y  esta vez fue mi hermano, el que  me llevó al Barrio de la Alegría para ver a mis otros primos, haciendo el trayecto de Cuatro Caminos a Ventas. Este barrio era muy diferente a la calle Orense. Era un lugar de casitas bajas, como las del pueblo, pero más pequeñas y todas dispuestas en hileras. Las calles estaban sin asfaltar y entre el polvo y el barro, hice todo mi recorrido, manchándome mis zapatos nuevos, hasta llegar a donde vivía mi prima Carmen y sus hermanos. La casa era pequeña, pero tenía patio.

No recuerdo sus conversaciones y pero sí, sé, con toda seguridad,  que tampoco hablaron de la guerra. Tuvieron que pasar muchos, muchos, años después, para saber cómo  mi tío Eugenio, había sido detenido por comunista y se libró de la muerte, gracias a las influencias, del “Señor” donde mi tía Cayetana ejercía de cocinera, ya que él era militar. No obstante mi tío Eugenio, murió pocos años después por una gran pulmonía que había cogido en la cárcel, a causa de las malas condiciones en que vivía. A consecuencia de ello, su mujer, tuvo que ser ingresada en un manicomio y a penas pudo sobrevivir a su marido.

Yo , por supuesto, fui ajena a todo lo que había sucedido a mi familia durante esta guerra y ni tan siquiera mi padre, que siempre me contaba y contaba historias y cuentos, de hechos pasados y vividos, poco me habló de la contienda ocurrida en España en los años del 36 al 39. Era algo oculto y oscuro, como aquellas sociedad de finales de los 50 y principios de los 60, donde, paradojas de la vida, yo la recuerdo, como feliz.

Luz del Olmo


4 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Gracias por compartir estos recuerdos. Sí tiene que ver con Sefarad: en el fondo, es la historia de los desplazados de la infancia.
Besos.

María del Carmen Ugarte García dijo...

Aquel Madrid de mi infancia...

Abejita de la Vega dijo...

A mí me llevaron a Madrid con ocho años también. Y como a ti me llamaron mucho la atención los tranvías, autobuses con antenas enganchadas a un cable. Pero nada como el elefante de la Casa de Fieras. Yo no tenía familia en Madrid, no hubo visitas familiares. Madrid era algo muy lejano, quién me iba a decir a mí que iba a vivir dieciséis años en un pueblo de Madrid. Y que iba a aprender lo de ser de pueblo...en Madrid.
El exilio de la infancia, ya no podemos volver. Hay mucho Sefarad en tu escrito.

Besos, Luz.

Anónimo dijo...

Gracias por compartir con nosotros estos recuerdos tuyos, Luz.

Besotes