lunes, mayo 18, 2015

SEFARAD - UNA SINFONÍA INTERRUMPIDA



                                 Foto de la película El pianista


Acabo de terminar el libro de Antonio Muñoz Molina, SEFARAD, que estamos leyendo para la lectura colectiva de la Acequia. Dejo aquí mis impresiones finales.

Confieso que he leído este libro con demasiadas interrupciones. No obstante, cuando mis ojos recibían el pasar de sus palabras, notaba como si una larga y meláncolica sinfonía se adentrara en mi, porque su lectura me ha ido seduciendo cada vez más, con la música y el ritmo de sus voces, haciéndome disfrutar y también conmover, en determinados capítulos de esta extensa novela.

Sentada en el auditórium del sofá de mi casa, las notas musicales me han transportado a pueblos, ciudades y países como, Madrid, Rusia, Alemania, Nueva York …. donde las historias se sucedían en lugares cerrados, en especial los trenes, junto con habitaciones, museos.. por donde transitaban personajes reales como Kafka, Milena, Primo Levi, Müzenberg, Evgenia Ginzburgo, Jean Améry... y el propio autor, con otros ficticios, mezclándose de una forma continua, tanto en sus propias tramas como en las formas de contarlo, cambiando sin aviso, de la primera a la tercera y segunda persona. Es por ello, que noto me falta una segunda lectura, para poder tener una nítida relación entre la diferentes partes de esta melodía, hábilmente combinada, en sus diferentes notas musicales, para ser escuchada  (leída) con mucha atención.

Cada empiece de capítulo, es una sentencia o pensamiento que puede encerrar la historia de la vida que han vivido o que les gustaría haber vivido, estos personajes, la mayoría, desplazados, exiliados, marionetas y víctimas del nazismo, comunismo, y de la Segunda Guerra Mundial que arrasó Europa, sin olvidar, lo ocurrido en nuestra Guerra Civil.

Muñoz Molina, tampoco olvida a los excluidos de nuestra sociedad actual como son los emigrantes, las personas que por una causa u otra son diferente, los enfermos terminales, los ancianos, porque todos son expulsados de este “paraíso” donde vivimos la gente “normal" y por eso recuerda al pueblo judío, que siempre anduvo errante en busca de su origen, desde que en 1492 los Reyes Católicos expulsaron a los sefarditas de Sefarad.

Y lo que más me gusta en esta novela de novelas, es cómo cada lector o lectora, escogemos distintos capítulos, porque nos sentimos identificados, no ya solo con la melodía de las palabras, si no más bien con lo que representa esa melodía en nuestra propia experiencia vital, al igual que lo va haciendo el propio autor.

Luz del Olmo

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martes, mayo 12, 2015

MADRID (SEFARAD)



   Tranvia de Madrid, Plaza de Castilla a Cuatro Caminos , Fondo : J.J. Olaizola

( Quizá esta pequeña vivencia, no tenga mucho que ver con Sefarad, el libro que estamos leyendo, de Antonio Muñoz Molina, pero al leer en sus páginas y observar lo importante que es Madrid en la novela, junto con la presencia de la Guerra Civil, me ha sugerido este pequeño escrito. )

Cuando yo llegué a Madrid, tenía ocho años. Eran los finales de los 50 del pasado siglo XX. No recuerdo quién me trajo hasta la capital, pero estoy segura que fue en el autobús de línea de la empresa Albarrán, que subía y bajaba el puerto de Somosierra, por empinadas curvas y desde la ventanilla, puede observar con decepción, que el famoso puerto no tenía barcos, como yo siempre había pensado, al imaginar el nombre que oía en las conversaciones de los mayores.

Me llevaron a casa de mi tía Gabriela en Orense, 25. Por entonces, era el final de la calle, porque a partir de ese número, se extendía el campo. No obstante, cuando me asomaba a la terraza- ella vivía en el último piso- podía observar cómo unos monstruos de hierro se movían entre la polvareda y el barrizal y a lo lejos podía divisar casas muy altas llenas de pisos.

Mi aterrizaje en Madrid estuvo lleno de cambios. Me cambiaron los vestidos blancos y largos por otros, cortos y llenos de alegres colores. También me cambiaron el peinado de dos trenzas, por una cola de caballo. Mis dos primas, eran modistas y ellas fueron las artífices de mi transformación personal y quién sabe si también, de mi forma de ver la vida. Guardo con cariño una foto hecha con las palomas de Cibeles, donde se me puede ver muy distinta a mi llegada del pueblo, junto con mi hermano Evencio. Hermano que perdí en extrañas circunstancias, tan solo unos pocos años después.

Aquí, en la capital, oía poco hablar de la pasada guerra civil, porque en casa de mi tía, era algo que no se mentaba. Sin embargo, en el pueblo y en especial a mi tío Eusebio, no paraba de relatarme, cada vez que nos veíamos, cómo él estuvo en las trincheras  nacionales y de todo lo que allí le había sucedido, dándome todo tipo de detalles, de los numerosos lugares donde había batallado. Era algo obsesivo en él. Por el contrario, tuve que oír, bastante años después, cómo la tía Gabriela se había quedado viuda, porque a su marido lo habían matado en la famosa guerra.

Otras de la novedades que tuve al llegar a Madrid, fue el poder montar en un tranvía, que  recorría todo el Paseo de la Castellana y disfrutar, también por primera vez, de los "caballitos" en una verbena. Mis primas me dieron una peseta, que mantuve todo el tiempo en la mano, mientras me divertía, del subir y bajar en el caballo de madera. Al señor que mandaba aquella atracción, se le olvidó cobrarme.

Con el pasar de los días, estrené el metro de Madrid en su línea 2,  y  esta vez fue mi hermano, el que  me llevó al Barrio de la Alegría para ver a mis otros primos, haciendo el trayecto de Cuatro Caminos a Ventas. Este barrio era muy diferente a la calle Orense. Era un lugar de casitas bajas, como las del pueblo, pero más pequeñas y todas dispuestas en hileras. Las calles estaban sin asfaltar y entre el polvo y el barro, hice todo mi recorrido, manchándome mis zapatos nuevos, hasta llegar a donde vivía mi prima Carmen y sus hermanos. La casa era pequeña, pero tenía patio.

No recuerdo sus conversaciones y pero sí, sé, con toda seguridad,  que tampoco hablaron de la guerra. Tuvieron que pasar muchos, muchos, años después, para saber cómo  mi tío Eugenio, había sido detenido por comunista y se libró de la muerte, gracias a las influencias, del “Señor” donde mi tía Cayetana ejercía de cocinera, ya que él era militar. No obstante mi tío Eugenio, murió pocos años después por una gran pulmonía que había cogido en la cárcel, a causa de las malas condiciones en que vivía. A consecuencia de ello, su mujer, tuvo que ser ingresada en un manicomio y a penas pudo sobrevivir a su marido.

Yo , por supuesto, fui ajena a todo lo que había sucedido a mi familia durante esta guerra y ni tan siquiera mi padre, que siempre me contaba y contaba historias y cuentos, de hechos pasados y vividos, poco me habló de la contienda ocurrida en España en los años del 36 al 39. Era algo oculto y oscuro, como aquellas sociedad de finales de los 50 y principios de los 60, donde, paradojas de la vida, yo la recuerdo, como feliz.

Luz del Olmo


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miércoles, mayo 06, 2015

CARTA A IGOR (SEFARAD)


                                                     Velilla de San Antonio, 6 de mayo de 2015
Querido Igor:

Hace ya mucho tiempo que no sé de ti. Y sin embargo, llevo unos días acordándome de nuestra amistad en la distancia. Tú en Bielorrusia y yo en España. Al principio de conocernos, a finales de los años noventa, creo que fue en el 97, cuando nos encontramos por primera vez en Borisov, nos unió nuestra amiga común Larisa. Después poco a poco, empezamos a cartearnos y hoy, te escribo porque estoy leyendo un libro de un escritor español, Antonio Muñoz Molina, no sé si lo conocerás, titulado Sefarad.

Es un libro que me está impresionando porque cada capítulo es una novela, donde las vidas que el autor nos cuenta en sus páginas, pertenece a personajes de la vida real, pero que tuvieron una existencia tan kafkiana que parece inverosímil, y es por ello que recordando tus cartas y tus últimos correos electrónicos, bien pudieras ser tú uno de estos personajes.

¿Cómo estás ahora? Sé que al final pudiste seguir dando tus clases de español en el colegio donde te conocí y lejos han quedado aquellos días, allá por los años de 2004, cuando por no doblegarte al poder y aceptar sus imposiciones, llegaste a estar preso en una cárcel de ínfimas condiciones, desde donde me escribías, casi en clave, esa cartas llenas de desesperanza y temor a perder tu salud, tanto física como moral y psíquica. Fueron años duros. Después conseguiste salir del infierno y te rebajaron y te humillaron a barrer las calles de tu ciudad. Tú, mi querido amigo, que habías sido profesor lingüista en la Universidad Humanística Europea y todo porque tanto tú, como otros, queríais aires nuevos y frescos para vuestro país.

Puedo leer los párrafos de tu carta, excusándote por no responder a la mía: ...No te respondí por mal organizado, no lo pude hacer porque me vi aplastado y convertido en nada por una serie de acontecimientos tristes y espantosos. …. Y así sigues relatándome todo lo que te va ocurriendo, utilizando, en varias ocasiones, las palabras, aflicción, desesperanza, temor, en especial por tu familia, por lo absurdo de tu situación.

Otro día te escribiré con más calma, pero quiero que sepas que aún guardo aquella flor que nacía en abril y que buscaste debajo de la nieve, porque anunciaba la primavera y que me regalaste la última vez que nos vimos. De esto hace ya más de diez años.

Recibe un abrazo muy fuerte de tu amiga.

 (c) Luz del Olmo

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miércoles, abril 22, 2015

SEFARAD


                        
                

Me lo encontré en el Talgo camino de Santander, cuando atravesábamos los pueblos de la provincia de Burgos. Como no me llegaba el sueño, decidí acercarme hasta el bar para entretenerme un poco. Él se encontraba allí, detrás de la barra. Nos reconocimos al instante y eso que hacia ya varios años que nos habíamos perdido la pista. Nos alegramos y entre risas entablamos la conversación, porque en ese momento, no había nadie en la cafetería del tren. Hablamos de esto, de aquello y entonces me soltó la frase: “A veces, en el curso de un viaje, se escuchan y se cuentan historias de viajes”.

A pesar del tiempo y la distancia, los dos habíamos continuado con nuestra afición desmesurada en eso de leer y escribir. “Cuenta, cuenta”, le incité entusiasmada y me relató una de las muchas historias de amor y sexo que pueden suceder en un recinto cerrado, como puede ser el tren y sus compartimientos más secretos, “ aunque no lo creas, el lavabo es un lugar propicio donde los viajeros que transportamos, con toda su vida a cuestas, desfogan sus veleidades”.

Al terminar sus historias, algunas que había vivido como camarero en el tren, y otras que le contaron, los dos advertimos, cómo la hora del conticinio, empezaba a desaparecer y deseamos con todas nuestras fuerzas, retener el tiempo pasado en la memoria.

-¿Qué estás leyendo?

-Sefarad

-Buen libro. Denso, con un ritmo vibrante en sus palabras, mezclando situaciones, personajes, lugares, puntos de vista, donde el lector ha de participar activamente para no perderse el hilo.

-Y tú, qué estás leyendo ahora- le interrogué curiosa.

  • El Proceso, de Kafka.
  • Recuerdo que ya lo habías leído.
  • Sí, pero a Kafka siempre hay que volverlo a releer y  más 

    si estás leyendo el libro de Muñoz Molina.

Nos volvimos a mirar directamente a los ojos y comprendimos que nuestra complicidad y sintonía en esto de leer y escribir, a pesar de los años y la distancia, seguía inalterable.

  • ¿Recibiste mi carta?

No pudimos hablar de ello. Los viajeros, al igual que la luz del día, habían comenzado a llegar.


Luz del OLmo


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martes, diciembre 17, 2013

TODO LO QUE ERA SÓLIDO

 La imagen la he traído de   El cuento que no es cuento


Voy leyendo Todo lo que era sólido dentro del club de lectura de la Acequia y aunque las palabras y la pluma el viento las tumba, su lectura me ha sugerido que bien pudiera hacer yo este “trabajo” sobre el libro, rememorando alguno de los refranes que nuestro querido amigo Sancho Panza y padre de Sanchico, va ensartando mientras habla y razona con su amo D. Quijote.



Todo lo que era sólido, estaba cimentado en barros y el tiempo, como descubridor de todas las cosas , los ha convertido en lodo.


Todo lo que era sólido, se cayó como un castillo de naipes por el ansia y la codicia de personas arrogantes y  egoístas, cuyo único interés era acumular riquezas hasta que se rompió el saco , y además no se supo ver que las necedades del rico,  por sentencias pasan en el mundo .


En Todo lo que era sólido quizá se detuvo demasiado en el ayer,  y ya se sabe que añorar el pasado es correr tras el viento.

En Todo lo que era sólido, costaba poco el prometer, porque en el fondo, se pensaba que no se podía cumplir, ya que del dicho al hecho, siempre hay un gran trecho y no se tuvo en cuenta, que  el dar y el tener, seso  ha de menester.


Como era de esperar, en Todo lo que era sólido, con la casa llena, presto se guisó la cena y efectivamente no era oro todo lo que relucía, porque además, la culpa del asno no se debe echar a la albarda...



Ahora Antonio Muñoz Molina, con este libro pretende darnos el hilo para poder sacar el ovillo.



Contiuará...



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