Pasar el invierno y observar cómo poco a poco se va instalando la primavera, creo que es uno de los placeres dignos de ser disfrutados.
A Luis Cernuda le gustaba también observar ese movimiento que tiene la Naturaleza en su vivir, para ir pasando las estaciones en sus idas y vueltas, por ello, cuando busco en mi memoria algo que yo echaba en falta, al trasladarme del pueblo a la gran ciudad, observo que eran esas oscilaciones constantes que tiene la Naturaleza en su repetición, cuando las horas de luz van siendo más largas en el camino hacia el verano, para después en el veintiuno de junio, ir retrocediendo y acercándonos paso a paso, hacia la oscuridad con la llegada del otoño y el invierno.
El estallido de La primavera y dependiendo del lugar o hemisferio donde nos encontremos, viene lentamente a nuestros pasos del ir y venir por los caminos, para discernir, casi con precisión, los lugares dónde antes, todo lo que nos parecía ser un erial de tristeza, ahora ya la floración es alegría.
No recuerdo si de niña criada en un pueblo podía percibir con bastante exactitud, el cambio de La Naturaleza que me rodeaba por todas las partes, en su paso por las diferentes estaciones del año, quedando en este recuerdo, aquellas amapolas rojas en los campos verdes y está también en mi memoria, cómo a mis padres, no les gustaba nada el ver estas flores entre los trigos, cebadas y avenas.
Lo que sí recuerdo es una especie de magia que ocurría de pronto, cuando llegábamos a un tiempo dónde todo lo que estaba árido y muerto, se llenaba de colores que yo veía por todas partes, comenzando en las flores amarillas de las aulagas y más tarde, ya en el verano casi agostado, las flores de lavanda, llamadas por nuestra tierra "barbas" y segadas a finales de agosto, desprendiendo un olor a colonia que lleva su nombre.
Por ello, el pasar en poco tiempo, del verano ya agostado, con las mieses en las eras y rastrojos de los campos, es el impresionante colorido del otoño, el protagonista principal que se queda para siempre en mi retina y cada año que pasa por mi existencia, vuelvo a sentir, cómo de la tristeza, puedo llegar a la alegría de antes y de ahora también, porque lo sembrado bajo tierra tenía y tiene vida suficiente para salir adelante, en su lucha por vivir.
Y hasta la carama, también llamada cencellada, podía ser hermosa en los inviernos de frío cuando la nieve o niebla helada, nos regalaba un gran espectáculo de blancura.
(c) Texto y fotos: Luz del Olmo Veros