PEDRO PÁRAMO
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| No es Comala, pero podría serlo |
Pedro Páramo es una novela del escritor , guionista y fotógrafo Juan Rulfo ( 1917-1986) donde el “rencor vivo”, se apodera del principal protagonista y lo alimenta para conseguir, por medio de toda clase de tropelías y maldades, un inmenso poder, otorgándose el derecho a la vida y la muerte, de todos los personajes que transitan por el mismo camino, en sus diferentes tramos, de esta que ha sido considerada, como una de las mejores novelas del siglo XX.
Con una prosa subyugante, impregnada de grandes momentos líricos, el autor nos va descubriendo el lugar de Comala, donde la semejanza con el infierno es patente, por su desolación y altas temperaturas, unidas a las lluvias torrenciales, capaces de desenterrarlo todo.
Por este pueblo perdido en la nada, no hay árboles, pero sí se oye el rumor de las hojas que se desplazan por sus calles desiertas, con casas sin techo, ni puertas ni ventanas, para dar paso, por un leve resquicio, al comienzo del alba, dejándonos entrever , los secretos de los que un día fueron sus habitantes:
Eduvigis, la íntima amiga de Doloritas, capaces las dos, de compartirlo todo, cuando la luna las visita. Es la dueña de la posada donde los caminantes que ya han recorrido un buen trecho del sendero, encuentran el colchón de sus sueños, porque ya han llegado a su lugar.
Susana, la segunda mujer de Pedro Páramo, perdida en sus quimeras a causa de un día aciago, cuando se escurrió entre las aguas, el que parece ser, fue su gran amor, Florencio, y a la que su padre protege, desde que se quedó viudo, hasta que de imprevisto, el progenitor, llamado Bartolomé San Juan, también desaparece en los lugares oscuros de una mina.
Dorotea, es la mujer irreal porque irreales son las locuras de la relación con su hermano y esa creencia de haber sido madre sin serlo. Ya en el camino a la eternidad, compartirá tumba con el contador de esta historia, Juan Preciado, que llega al pueblo de Comala, lleno de ilusión, y se irá, sin saber muy bien distinguir cuál es el límite que separa la vida y la muerte, o la verdad de la mentira.
Damiana, es la servidora fiel, hasta límites insostenibles, de Pedro Páramo, que le acompañará desde su niñez, en todas sus vilezas y que será la que le cierre sus ojos en el último instante, cuando sentado en su silla y a las puertas de su hacienda, tendrá que rendir cuentas de todo lo que ha sido, en su dilatada y rencorosa vida.
Semejante a Damiana es Fulgor Sedano, el capataz o administrador del destructor de Comala, que a pesar de sus reticencias, en algunos casos, acabará obedeciendo siempre al amo.
Anita , hija inocente del hermano del padre Rentería y por lo tanto, sobrina del cura lleno de culpa por su complicidad con Pedro Páramo y a la que el asesino de su padre, la engaña y violenta con toda su crueldad.
Y así en esta novela trastocando tiempos y lugares, el autor mexicano nos lleva de unos a otros, en un caos, que puede no estar lejos de la realidad, como lo son también los propios revolucionarios, que acaban cayendo en las redes del enemigo que les explota, haciéndose sus compinches, porque son muchos los personajes que van y vienen por estas páginas, buscando una coherencia que parece se ha perdido, cuando lees por primera vez esta magnifica novela.
No, Pedro Páramo, a pesar de poseerlo todo, nunca tuvo un pequeño instante de felicidad o bienestar consigo mismo. La mujer que siempre amó y que era el empeño de su codicia, jamás le demostró un ápice de afecto hacia su persona. Ella prefirió dormir y refugiarse en sus ensueños, mientras él seguía atravesando los trayectos de la iniquiedad.
Pienso que esta novela puede tener tantas lecturas como lectores y cada uno podemos sacar nuestras propias conclusiones. A mi me viene a la mente aquellos versos de Quevedo que dicen:
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Y si la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; Susana, en este libro, la posee, porque ella siempre fue libre en su derecho a amar y Pedro Páramo, su encadenado.
(c) Luz del Olmo, del texto y las fotos.
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