(c) Luz
LA CORZA BLANCA
Parece ser que Mª Ángeles la había intentado buscar allá por su retiro de Palacios de Benaver y yo hice lo mismo cuando en una tarde de este dos mil once, subí hasta el enebro.
Es fácil verles a los corzos, así en genérico, pulular por los campos y pequeños montes que rodean a los pueblos donde a veces llegan, si les falta el agua, hasta el pilón.
El que sean corzos o corzas, yo no alcanzo a distinguirlos,- lo digo por lo alejados que están de mi vista- pero sí los veo cómo se detienen un instante en sus carreras y saltos, después te miran con su cabeza pequeña y sus orejas en alerta, para más tarde seguir en su alegre camino.
Lo de la corza blanca es mucho más difícil de encontrar, pues blanco sólo tienen la parte de atrás que se distingue de todo su color marrón claro. Por eso, cuando sentada en lo alto, uno, que yo la supuse una, porque era completamente blanca, se me quedó mirando y me comenzó a hablar, quise pensar que estaba en un sueño, pero distinguí muy bien lo que ella me dijo:
- Soy Constanza, la hija del caballero Dionis y me he acercado hasta ti para aclarar que no quedé muerta, ya que Ginés, mi enamorado, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, murió de tristeza y al hacerlo, él también se convirtió en un corzo y al verme, lamió con todo su amor mis heridas. Desde entonces, allá por el año de mil trescientos y pico, seguimos corriendo los campos. En este tiempo, nos gusta acercarnos hasta estos parajes de Burgos, porque el verano es más fresquito que en Aragón .
Al saber que me estabais buscando, me he detenido un momento para contarte a ti y a todos los que ahora andáis leyendo esta mi historia, el verdadero final, pues el tal Bécquer lo dejo inacabado.
(c)
LA AJORCA DE ORO
A Toledo se la puede amar sin tener que robarla.
Sus empinadas calles, las subo y las bajo y, extasiada recibo en mis pasos las huellas del tiempo; porque Toledo es el capricho de todos los reinos que la hicieron su joya.
Yo también, como mujer caprichosa y algo extravagante que soy, quiero y deseo poseer la hermosura de su catedral, donde he visto a mujeres de otras culturas, quizás caprichosas, quizás extravagante, llorar de emoción ante tanta belleza, pero estoy segura que nunca pediré a nadie, ni daré nada a cambio, por poseer su belleza.
Cada vez que añoro Toledo, su río y sus piedras, me acerco hasta ella y la contemplo, porque me basto a misma para sentirla y amarla.
Luz del Olmo
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